En un mundo que apenas termina de asimilar las consecuencias de una pandemia global, una intensa guerra comercial y la irrupción acelerada de la inteligencia artificial, la geopolítica se encuentra nuevamente en un punto de inflexión: el Foro Económico Mundial en Davos. Este año, los reflectores no sólo iluminaron los avances en tecnologías como la IA, la computación avanzada o la biotecnología, sino que se centraron —de forma incómoda para muchos— en la visión de Donald Trump y su lectura del nuevo orden mundial que se está configurando.

Trump apareció en Davos con un mensaje que rompe con el consenso globalista tradicional. Su discurso giró en torno a la soberanía nacional, el proteccionismo estratégico y la idea de que Estados Unidos debe recuperar una posición dominante sin complejos. La afirmación de que el control de territorios estratégicos como Groenlandia es clave para la seguridad occidental no fue una anécdota: fue una señal clara de que la geopolítica vuelve a pensarse en términos de poder duro, recursos críticos y control territorial.

La tecnología, en este contexto, deja de ser un asunto neutro. En Davos quedó claro que la inteligencia artificial, la ciberseguridad, los semiconductores y las infraestructuras digitales ya no son sólo motores de crecimiento económico, sino instrumentos de poder geopolítico. Quien controla los datos, los estándares tecnológicos y las cadenas de suministro críticas controla también buena parte del futuro económico y de la seguridad global.

Estados Unidos, China y la Unión Europea lo saben. Por eso la competencia ya no se libra únicamente en los mercados, sino en la definición de reglas, plataformas y arquitecturas tecnológicas. La disputa por la supremacía en IA, computación avanzada o criptografía es, en el fondo, una disputa por quién escribe las reglas del siglo XXI.

Aquí emerge una paradoja central: la tecnología tiene el potencial de conectar sociedades, democratizar oportunidades y acelerar el desarrollo; pero también puede fragmentar el mundo en bloques tecnológicos incompatibles entre sí. El discurso de Trump en Davos refuerza esta segunda tendencia: un mundo donde la cooperación se subordina a la seguridad nacional y donde la innovación se utiliza como ventaja estratégica antes que como bien público global.

Para países intermedios y economías emergentes, el reto es mayúsculo. No se trata sólo de elegir entre Washington, Bruselas o Pekín, sino de construir capacidades propias, desarrollar talento local y participar activamente en las nuevas cadenas de valor tecnológicas. En este nuevo orden mundial, la dependencia tecnológica equivale a vulnerabilidad política.

Davos dejó un mensaje incómodo pero claro: el nuevo orden mundial no se definirá solo por acuerdos comerciales o equilibrios militares, sino por quién controla la tecnología que estructura la economía, la seguridad y la vida cotidiana. La pregunta ya no es si la tecnología es poder. La pregunta es en manos de quién quedará ese poder.

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