La semana pasada, la Secretaría de Educación Pública, encabezada por Mario Delgado, abrió una discusión que México había evitado demasiado tiempo: el papel de las redes sociales en la formación de niñas, niños y adolescentes. No es un debate técnico, es una discusión de fondo sobre quién está moldeando a la siguiente generación.
José Ortega y Gasset decía que “yo soy yo y mi circunstancia”. Hoy esa circunstancia ya no es solo la familia o la escuela, sino un entorno digital gobernado por algoritmos que capturan atención y organizan la realidad de los jóvenes. No es casualidad: es un modelo de negocio.
Ahí es donde la lectura de Michel Foucault resulta inevitable. El poder ya no se impone, se distribuye en redes invisibles que orientan conducta.
Las plataformas no obligan, pero influyen; no censuran, pero jerarquizan. Y cuando eso ocurre en menores, el problema deja de ser tecnológico y se vuelve político.
En Querétaro, el gobernador Mauricio Kuri ya había enviado una iniciativa al Congreso —la Ley Kuri— que intentaba abrir esta conversación. Fue polémica, pero adelantada.
Hoy que el tema escala a nivel nacional, quienes son mayoría deberían al menos estudiarla antes de improvisar.
Reducir esto a censura es cómodo, pero superficial. La misma sociedad que regula alcohol o tabaco entiende que la infancia requiere protección. El entorno digital no debería ser la excepción.
El fondo es más incómodo: las grandes plataformas —Meta Platforms, TikTok, Alphabet Inc.— necesitan capturar a los jóvenes para asegurar su futuro. Por eso la resistencia.
La pregunta no es si las redes son buenas o malas. Es si estamos dispuestos a que la infancia sea el terreno más rentable de la economía digital. Si la respuesta es no, entonces esta discusión no es opcional. Es urgente.