¿Quién no ha estado alguna vez en una sala de espera, en una oficina, en un trámite, en un café incluso, y no le ha pasado que le dicen “ahorita lo atienden”? Te sientas, ves pasar el tiempo, revisas el celular, pides otro café. Nadie está enojado. Nadie dice que algo esté mal. Simplemente… No avanza. Así me he sentido también este inicio de año. Y, viéndolo con calma, así está hoy México: en modo espera.
No estamos en crisis. No hay caos. Todo funciona. Pero nada corre. México está sentado en la sala de espera, con el turno en la mano, mirando una pantalla que no cambia.
Las expectativas económicas más recientes del Banco de México lo confirman con frialdad técnica: el crecimiento esperado del PIB para 2026 es de 1.25%. No es una recesión. Tampoco es crecimiento real. Es una economía que decidió no moverse demasiado.
Aquí vale la pena recordar algo que Paul Samuelson, Premio Nobel, repetía con ironía: la economía es el arte de elegir entre alternativas. Crecer poco no es una fatalidad; es una elección acumulada. Y toda elección tiene costos.
Inflación contenida. Tipo de cambio estable. Tasas de interés bajando lentamente. Desde lejos, el sistema se ve ordenado. Desde dentro, se siente como una fila interminable: nadie sabe cuándo toca el turno ni qué sigue después.
La estabilidad se volvió nuestro mayor argumento. Pero también nuestro mayor límite. Celebramos que “no pasa nada”, cuando la pregunta correcta debería ser: ¿por qué no está pasando algo más?
En su libro Sálvese quien pueda, Andrés Oppenheimer insiste en una idea clave: los países que no apuestan temprano por innovación, educación tecnológica y productividad terminan administrando la escasez en lugar de construir prosperidad. No fracasan de golpe. Se rezagan lentamente.
Eso es exactamente lo que muestran estas cifras.
El tipo de cambio estable suele presentarse como señal de éxito. Pero como advirtió Joseph Stiglitz, otro Premio Nobel, los mercados pueden estar tranquilos incluso cuando la economía real no está generando bienestar. La estabilidad financiera no garantiza progreso social.
La gente no vive del dólar. Vive de oportunidades.
Y ahí la economía se cruza inevitablemente con la tecnología.
Mientras el mundo está usando inteligencia artificial, automatización, energía y datos como motores de crecimiento, México sigue tratando la innovación como discurso y no como infraestructura. Se habla de soberanía, pero se importa productividad. Se habla de bienestar, pero no se invierte lo suficiente en las capacidades que lo sostienen.
Hace décadas, Robert Solow, Premio Nobel, explicó algo que hoy sigue siendo brutalmente vigente: la mayor parte del crecimiento económico de largo plazo no viene del capital ni del trabajo, sino del progreso tecnológico. Todo lo demás es administración del presente.
México hoy administra el presente con relativa calma. Pero no está diseñando el futuro con la misma claridad.