Hay momentos en la historia tecnológica en los que una noticia aparentemente menor anuncia un cambio de era. No es el lanzamiento de un producto, ni una keynote espectacular, ni una promesa de ciencia ficción. Es más bien una señal: un giro en la dirección del viento.
Esta semana llegaron tres de esas señales.
Por un lado, Apple está trabajando en lentes inteligentes, un colgante tipo pin y unos AirPods con cámaras. El objetivo no es simplemente crear nuevos gadgets, sino algo más ambicioso: darle ojos a Siri. Que no sólo escuche lo que decimos, sino que entienda lo que vemos.
Es decir, pasar de la inteligencia artificial conversacional a la inteligencia artificial contextual.
Este movimiento es profundo. Durante años, el smartphone fue la interfaz central de la vida digital. Ahora, los grandes jugadores están intentando sacar la inteligencia artificial del teléfono y llevarla al cuerpo. Meta con sus lentes, OpenAI con sus experimentos de hardware, y ahora Apple con accesorios que convierten al usuario en un nodo sensorial de la red.
No se trata de moda tecnológica. Se trata de control de la próxima plataforma. Quien domine el hardware donde vive la IA, dominará la economía digital de la siguiente década.
Mientras tanto, en otro extremo del espectro tecnológico, ocurrió algo igual de revelador. Las acciones de Raspberry Pi subieron más de 40% impulsadas por un rumor: que esas pequeñas placas de bajo costo pueden ejecutar agentes de inteligencia artificial por una fracción del precio de una computadora tradicional.
Es un dato que parece financiero, pero es profundamente político.
La IA no será sólo de los gigantes tecnológicos. Si puede correr en hardware barato, podrá vivir en talleres, escuelas, fábricas pequeñas, granjas, laboratorios locales. Es decir, en la economía real.
Durante décadas, el poder tecnológico se concentró en grandes centros de datos y corporaciones multinacionales. Pero si la inteligencia artificial se miniaturiza y se abarata, el poder vuelve a dispersarse.
El que tenga una buena idea, un pequeño servidor y una conexión estable podrá competir.
Esto no es un tema técnico. Es una discusión sobre quién tiene acceso al futuro.
Y justo cuando el hardware se democratiza, llega la tercera noticia: científicos de Oxford, Stanford y Johns Hopkins advierten que los datos genéticos de virus peligrosos deberían tratarse como expedientes médicos confidenciales.