Rodrigo Ruiz Ballesteros

El tren y la ciudad que deja

Lo que decide una vía férrea no es el viaje, sino la forma de la ciudad durante los próximos cincuenta años

Ninguna decisión moldea una ciudad por más tiempo que dónde pasa un tren. Lo demás, el tráfico de estas semanas, las fechas de la obra, el cuándo reabren Bernardo Quintana, se olvidará pronto. Una vía férrea no es un proyecto de transporte, es un molde urbano que dura medio siglo. Por eso la pregunta que de verdad importa no es si el tren llega, ni cuándo. Es qué ciudad vamos a construir alrededor de él.

La historia urbana es contundente en esto. Una estación nunca es solo un punto en el mapa: es un imán que reorganiza el suelo, la densidad y la actividad a su alrededor. En 1882, cuando el Ferrocarril Central llegó a Querétaro, reordenó la ciudad y la convirtió en un nudo de comercio e industria; a unos kilómetros, Aguascalientes se hizo ciudad moderna alrededor de los talleres del ferrocarril. No decidió la máquina, decidió el trazo. Una infraestructura de esta escala fija la forma de una ciudad por generaciones, y lo hace participemos o no. La única elección real es si esa forma la dibuja un plan o la dibuja la inercia.

Porque un tren, además de personas, mueve valor. El suelo cercano a una estación se multiplica, aparecen nuevas centralidades y el desarrollo se vuelca hacia donde es fácil llegar. El urbanismo moderno tiene nombre para aprovecharlo bien: desarrollo orientado al transporte, ciudad compacta alrededor de las estaciones en lugar de una mancha que se derrama sobre el campo. Y tiene nombre para la parte incómoda: captura de plusvalía. Esa plusvalía la crea la obra pública, y alguien va a quedársela. Las empresas ferroviarias japonesas financiaron su expansión con el desarrollo que ellas mismas detonaron junto a las estaciones; Hong Kong construyó su metro con un modelo que llamó, sin eufemismos, riel más propiedad. La pregunta es de quién será ese valor: de la ciudad que aloja la vía, o de la especulación que siempre llega antes que el plan.

Conviene decirlo sin adornos: un tren no trae prosperidad por sí solo. España estrenó su alta velocidad en 1992 y aprendió que una estación sin un proyecto detrás no garantiza nada. Unas se volvieron motores de sus regiones y otras quedaron como andenes espléndidos a los que casi nadie baja. El tren es una puerta, no un destino. Cruzarla es un trabajo de urbanismo concreto y poco vistoso: ordenar los usos de suelo antes que la especulación, densificar con criterio junto a las estaciones, resolver la última milla con transporte público y tecnología, y gobernar con datos el crecimiento que viene. Eso no lo hace el riel. Lo hace la ciudad, o no lo hace nadie.

Y aquí toca la franqueza. La obra del tren es federal, y la molestia es real y pasajera. No se trata de pelear la obra, que al final es conectividad para el país. Se trata de decidir qué hacemos con lo que deja, y esa es una tarea local, nuestra. Manuel Gómez Morín llamó a la tarea pública una brega de eternidad, un trabajo que no se mide en elecciones sino en generaciones; una obra que moldea medio siglo es, exactamente, de esas. En año electoral la tentación es gobernar para el aplauso de mañana, pero una ciudad seria se planea para la generación que todavía no vota. Los rieles son federales; la forma de la ciudad es nuestra. Mientras el ruido discute cuándo termina la obra, nosotros ya deberíamos estar dibujando el Querétaro que va a dejar.

Te recomendamos