En agosto de 2022 se movió el primer camión de tierra para construir Bloque. Recuerdo ese momento con claridad porque no era solo el inicio de una obra pública; era una apuesta por imaginar el futuro en una ciudad que venía saliendo de la pandemia. Querétaro, como muchas ciudades del mundo, estaba despertando después de dos años extraños: calles que recuperaban su ritmo, universidades volviendo a abrir aulas, cafeterías llenándose otra vez de conversaciones.
Pero también había una sensación distinta en el aire. La pandemia había acelerado el reloj tecnológico del mundo. De pronto hablábamos de digitalización, de trabajo remoto, de comercio electrónico y de inteligencia artificial con una naturalidad que pocos años antes parecía imposible. En ese contexto comenzamos a construir Bloque, el Centro de Innovación y Tecnología Creativa de Querétaro, con una idea simple pero ambiciosa: crear un lugar donde las personas que imaginan el futuro pudieran encontrarse.
Curiosamente, mientras en Querétaro movíamos tierra para levantar el edificio, el mundo tecnológico estaba obsesionado con otra cosa. En 2022 un tal Mark Zuckerberg había tomado una de las decisiones corporativas más dramáticas de la historia reciente: cambiar el nombre de Facebook por Meta. De pronto la industria hablaba de un concepto que parecía salido de una novela de ciencia ficción: el metaverso. Ese mismo entusiasmo lo vi de cerca cuando viajé a Austin para asistir a South by Southwest, el congreso tecnológico y cultural donde cada primavera se intenta adivinar hacia dónde va el mundo. Recuerdo caminar entre auditorios y pasillos escuchando la misma palabra repetirse como si fuera una contraseña: metaverso. Metaverso para trabajar, metaverso para estudiar, metaverso para asistir a conciertos. Los gigantes tecnológicos invertían miles de millones de dólares en visores de realidad virtual, las startups prometían oficinas digitales, y las marcas imaginaban centros comerciales virtuales. Parecía inevitable. El futuro —nos decían— sería un universo paralelo donde viviríamos con avatares.
Pero la historia tecnológica tiene un extraño sentido del humor: mientras todos miraban hacia el metaverso, la verdadera revolución venía por otro lado.
Ese mismo año tuve la oportunidad de viajar a Boston como parte del equipo del programa MIT REAP, una iniciativa internacional que estudia cómo las ciudades pueden construir ecosistemas de innovación. En la delegación viajábamos emprendedores mexicanos, académicos, empresarios, colegas del sector tecnológico, el rector del Tecnológico de Monterrey y líderes industriales. Entre ellos recuerdo bien a David Pineda, responsable de operaciones de investigación y desarrollo en Continental Querétaro, a Víctor Mena y Pascual Alcocer, director del Tecnológico de Monterrey. Todos buscábamos responder una pregunta que parecía simple pero que en realidad es profundamente compleja: ¿cómo se construye un lugar donde las ideas cambian el mundo?