El saludo
Querida “República”: cada vez son más frecuentes los escándalos relacionados con la narcopolítica en México. Por más que el “oficialismo” se empeñe en ocultarlo, la narrativa soberanista ya no alcanza para encubrir las redes de protección política que brindan impunidad a los criminales. A la presión proveniente de Washington hoy se suma otro factor igualmente determinante: la traición.
El mensaje
La traición nunca surge por generación espontánea. Ningún acto de deslealtad aparece de la nada. Antes hubo decisiones equivocadas, silencios oportunos, complicidades toleradas y lealtades mal depositadas.
Semana a semana somos testigos de audios, acusaciones y señalamientos que parecen formar parte de una misma secuencia: políticos corruptos buscando un nuevo manto protector para “salvar el pellejo”.
El episodio más reciente llegó con los fragmentos de unas grabaciones que la gobernadora de Baja California reconoció como auténticas y en las que expresa su disposición a compartir con el FBI información obtenida en las mesas de seguridad, a cambio de resolver un problema estrictamente personal.
Su intento por deslindarse terminó exhibiendo una evidente falta de pericia política. Más que responder al contenido de las grabaciones, optó por cuestionar su origen y, al mismo tiempo, reconoció que nunca corroboró si su interlocutor era realmente un emisario acreditado por esa agencia estadounidense.
Al “oficialismo” pareció bastarle esa explicación. Esta vez no hubo llamados al juicio político ni acusaciones de traición a la Patria; tampoco surgieron dudas ni se anunció investigación alguna. “Ella ya dio su explicación y su información”, sentenció la primera mandataria desde el púlpito presidencial.
Pero el debate de fondo es mucho más profundo. Lo verdaderamente preocupante es que una gobernadora manifieste su disposición a entregar información sensible a un gobierno extranjero para resolver un problema personal.
Más grave aún es la aparente normalidad con la que el sistema decidió procesar un episodio de esa naturaleza. Lejos de un reduccionismo simplista, de héroes o villanos, visualizamos un sistema que termina encubriendo a sus propios traidores por temor a que, al exhibirlos, también se desplomen las alianzas inconfesables que lo sostienen.
La despedida
Querida República: ¿cuál fue la traición originaria que hizo posible esta nueva traición? Bien haremos como sociedad en recordar lo que escribió Clive Staples Lewis: “si nos reímos del honor, luego no nos sorprendamos de encontrar traidores entre nosotros.”
La firma
Tu amigo: “El Discursero”.
P.D. En espera de una próxima carta, deshazte del sobre amarillo.