El saludo Querida “República”: en “La Cosa Pública”, como en la vida misma, las personas huimos de nuestras cualidades inherentes; marcadamente de una de ellas: la fragilidad. Somos frágiles y lo ocultamos, mayormente, por ignorancia y —paradójicamente— por falta de seguridad.

El mensaje

La fragilidad no es debilidad.

Desde temprana edad nos transmiten que la fragilidad es indeseable; algo que debemos evitar, negar, esconder o estigmatizar. Dicha ignorancia suele presentarse acompañada de frases como “los niños no lloran” y de recomendaciones como “sonríe todo el tiempo, así te ves más bonita”.

Algo similar ocurre en la adultez, donde mostrarse como uno es, no es opción; donde los filtros y las apariencias de “personas fuertes” y “vidas exitosas”, se publican como cartas de presentación; donde se valoran más los “likes”, que la privacidad del momento; donde el fracaso, no se asocia al aprendizaje ni al éxito; donde ser caballero o dama, te alejan de la “normalidad”; donde las rutas y los atajos —tecnológicos incluidos—, se empeñan en reducir el esfuerzo humano; donde “profesionalmente” se premia la pleitesía y se castiga la verdad.

El culmen de nuestra fragilidad se expresa en lo colectivo, en nuestra convivencia; y, por supuesto, se traslada al espectro de “La Cosa Pública”, donde la fragilidad de los sistemas políticos es mayormente indeseable y donde el empeño permanente —vía la demagogia populista de izquierda y derecha— se dirige a ocultar las grietas que la exhiben: la mentira, la corrupción, la ineficiencia, la falta de confianza pública y de representación.

Ejemplos sobran desde el “oficialismo”: como cuando la presidenta Sheinbaum afirma que el rechazo de su propuesta de reforma electoral “no es una derrota, (sino) todo lo contrario”; cuando la dirigente morenista, Alcalde, señala que en siete años “no ha habido ni un solo caso de corrupción”; o cuando repiten hasta el cansancio el lema obradorista “no mentir, no robar y no traicionar al pueblo”, mientras la propia Auditoría Superior de la Federación hace públicas irregularidades millonarias —por más de 251 mil millones de pesos— en el sexenio del expresidente López Obrador.

Entender y aceptar nuestra fragilidad, como bien señala el filósofo José Carlos Ruiz, es el primer paso para reorganizar el sentido de la vida y de la política —“la fragilidad como un asunto público”—.

Crisis, conflictos, guerras y pandemias no han bastado para “abrirnos los ojos”. La lección “no aprendida” aplica lo mismo para gobiernos e individuos: ni unos ni otros son autosuficientes. Somos frágiles y, debido a nuestra insistencia en ocultarlo, carecemos de la estructura y de las herramientas para manejarlo y fortalecernos.

La despedida

Querida “R.”: recuerda con John Keats, que “la vida tan sólo es un día”; abracemos nuestra fragilidad para enfrentar la vida y la política.

La firma

Tu amigo: “El Discursero”.

P.D. En espera de una próxima carta, deshazte del sobre amarillo.

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