El saludo. Querida “República”: nacemos y morimos dependientes. Conforme crecemos desarrollamos un sentido de dependencia hacia nuestro círculo inmediato -que enunciamos mayormente como “familia”-; necesitados de su apoyo emocional, físico y económico.
Dicha dependencia, ligada a nuestra salud física y mental, evoluciona a tal punto que debemos aventurarnos a superarla; hasta establecernos como individuos autónomos y capaces de tomar decisiones independientes. Tal aventura deseable no es un camino fácil de sortear como individuos, ni como sociedad; y en buena medida no lo es, porque las grandes utopías -poder, dinero, medios de comunicación, redes sociales e inteligencia artificial- alientan nuestra dependencia patológica.
El mensaje. Enunciada de manera llana, la dependencia es la subordinación a un poder; y, alejada de contextos saludables y amorosos, representa uno de los mayores peligros de la sociedad contemporánea.
Nuestra necesidad insana y compulsiva de pantallas e interacciones digitales, de sustancias y enajenaciones, sigue al alza; siendo señalada, por algunos pensadores, como el hecho más autodestructivo de nuestra civilización.
El escenario en “La Cosa Pública”, no es del todo diferente; pues desde el oficialismo se busca, mayormente, detener la “emancipación ciudadana”, así como la cultura de la solidaridad. Mentalidades y regímenes autocráticos desconfían, e incluso temen, a la sociedad civil organizada por los valores que enarbola: pluralidad, vigilancia y límites al poder. Por ello, sus mayores empeños los dirigen a eliminar contrapesos, censurar el pensamiento crítico, cerrarle la puerta a la medición y la transparencia, o desvirtuar las movilizaciones ciudadanas.
El centralismo emerge, con todo su afán de concentración de poder, a costa del federalismo. La construcción de ciudadanía no forma parte de la agenda prioritaria del “oficialismo”; la dependencia ciudadana hacia un estado fuerte y patriarcal, sí.
Ejemplos sobran: como el malogrado proceso de revocación de mandato, disfrazado de democracia y configurado como un instrumento de control político; o los programas asistencialistas, diseñados desde una lógica electoral para perpetuar la dependencia económica del poder.
Señales también sobran: como cuando la presidenta Sheinbaum afirma -en el contexto del apoyo de su gobierno a Cuba- que el pueblo de México se caracteriza por “personas en pobreza que están dispuestas a ayudar a los demás”. Como si tal condición, fuera un “timbre de orgullo”.
La despedida. Querida “R.”: quizá Nietzsche tenía razón al afirmar que “ser independiente es cosa de una pequeña minoría”; ojalá seas lo suficientemente afortunada, lo necesariamente sabia y lo debidamente fuerte, para lograrlo.
La firma. Tu amigo: “El Discursero”.
P.D. En espera de una próxima carta, deshazte del sobre amarillo.