Rafael López

La amenaza

Sheinbaum luce descolocada. Ha culpado a la oposición y a la “comentocracia” de la postura de Trump

El saludo. Querida “República”: estás acostumbrada a vivir entre amenazas, discursos de odio, teorías conspirativas, advertencias e intimidaciones. Ojalá que, al menos, esa mala costumbre te haya enseñado a distinguir entre el “blufeo” y los riesgos reales.

El mensaje. Los nervios del oficialismo van en aumento, y no es para menos. Las amenazas provenientes desde Washington son cada vez más directas.

“Les aseguro que esto es sólo el comienzo de lo que está por venir en México”, advirtió Terry Cole, jefe de la DEA, tras la histórica acusación por narcotráfico contra el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya.

El mismo tono aparece en la “Estrategia Nacional de Control de Drogas 2026”, firmada por Donald Trump, donde los cárteles mexicanos son catalogados como “organizaciones terroristas internacionales”, mientras que el fentanilo y sus precursores son definidos como “armas de destrucción masiva”.

No es nuevo que el “trumpismo” señale a México como una plataforma clave para la producción y tráfico de esta droga; tampoco es nuevo que acuse al gobierno mexicano de no hacer lo suficiente por razones políticas y estructurales. Lo que sí es nuevo es el nivel de presión y amenaza que hoy erosiona, todavía más, la ya frágil relación entre ambos gobiernos.

Y el problema es que, en medio de esta crisis, la presidenta Sheinbaum luce descolocada. Ha culpado a la oposición y a la “comentocracia” de la postura asumida por Donald Trump; ha insistido en que no existen pruebas suficientes; ha reforzado su retórica nacionalista; e incluso ha recurrido a tonos burlones frente a quienes le exigen romper el pacto criminal entre el poder político y el crimen organizado.

Mientras tanto, dos de los personajes más cercanos al gobernador Rocha Moya —sus exsecretarios de Seguridad y de Finanzas— ya se entregaron a las autoridades estadounidenses; difícilmente lo habrían hecho si no supieran el tamaño de las pruebas en su contra.

Eso rompe, inevitablemente, con la narrativa del gobierno mexicano. Porque más allá de los avances que pueda presumir en materia de seguridad, y más allá de los mensajes velados enviados a Estados Unidos (“hay otras formas de hacerlo”), la realidad es que el gobierno federal enfrenta una presión inédita: la imposibilidad de seguir protegiendo políticamente a quienes sean señalados por vínculos con el narcotráfico.

Y ese desgaste no termina ahí. Casos como Segalmex, La Barredora o el huachicol fiscal no sólo debilitan el discurso oficial sobre la soberanía nacional; también golpean la supuesta autoridad moral de un movimiento que prometió ser distinto.

Mientras tanto, México permanece atrapado entre dos amenazas: la presión e injerencia del “vecino del norte” y el creciente poder del crimen organizado dentro del país.

La despedida. Querida “República”: ¿quiénes te llevaron a esta encrucijada? La respuesta la conoces desde hace tiempo: una clase política que, sin importar colores o ideologías, ha puesto sus intereses por encima de México.

La firma. Tu amigo: “El Discursero”.

P.D. En espera de una próxima carta, deshazte del sobre amarillo.

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