Rafael López

El Tutelaje

Una democracia madura no necesita ciudadanos obedientes, sino libres

El saludo. Querida “República”: ¿quién decide cómo debemos informarnos?, ¿quién define qué medio merece nuestra confianza?, ¿existe alguien con autoridad suficiente para orientar lo que debemos escuchar o dejar de escuchar?, ¿dónde termina la defensa de las audiencias y dónde comienza la censura?

El mensaje

Las grandes conquistas democráticas de la sociedad mexicana -como la libertad de expresión y el derecho a la información- suelen incomodar al poder. Y cuando el poder se incomoda, con frecuencia aparece la tentación de controlar la conversación pública.

Hace apenas unos días, la presidenta Claudia Sheinbaum pidió a la población no ver la programación de la empresa televisiva de Ricardo Salinas Pliego. “No vean TV Azteca”, dijo durante su conferencia matutina; adelantando además que próximamente la “Mañanera” incorporará una sección para exhibir al “mitómano de la semana”.

La televisora del Ajusco reaccionó acusando un “intento evidente” de censura y una agresión directa contra la libertad de expresión y de prensa.

“No es censura, es una opinión”, respondió posteriormente la Presidenta; asegurando que no estaba utilizando el poder del Estado para censurar a ningún medio.

Y es aquí donde debemos detenernos un momento para reflexionar. Porque la frase “no vean TV Azteca” no pertenece exactamente al terreno de la opinión, sino al de la recomendación. La opinión expresa una postura personal; la recomendación, en cambio, busca orientar la conducta de otros.

Pero incluso concediendo que se trate únicamente de una opinión, tampoco puede entenderse como la expresión aislada de una ciudadana cualquiera. Proviene de la persona que encarna el Poder Ejecutivo; de la figura política con mayor visibilidad en México; de una voz amplificada todos los días desde el aparato institucional y las plataformas de comunicación del “oficialismo”.

Por eso, cuando desde el poder se sugiere a la población dónde no debe informarse, el problema no radica solamente en si existe o no censura formal. El problema es más profundo: se normaliza la idea de que las y los ciudadanos necesitamos orientación política para decidir qué escuchamos, qué creemos y qué miramos.

Y ahí aparece el tutelaje. La insinuación de que la sociedad requiere ser conducida “correctamente” en el acceso a la información; como si no tuviéramos criterio propio para contrastar versiones, cuestionar intereses o formar nuestras propias conclusiones. Mensajes como estos erosionan todavía más una vida democrática ya debilitada por la polarización, el señalamiento desde el poder, la descalificación de periodistas y la constante división entre “buenos” y “malos” mexicanos.

La despedida

Querida “R.”: ten presente con George Orwell que “la libertad de expresión es decir lo que la gente no quiere oír” -aquello que al poder le incomoda escuchar-. Porque una democracia madura no necesita ciudadanos obedientes; necesita ciudadanos libres.

La firma

Tu amigo: “El Discursero”.

P.D. En espera de una próxima carta, deshazte del sobre amarillo.

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