El saludo. Querida “República”: los cambios de dirección por parte del oficialismo, no pasan desapercibidos en “La Cosa Pública”. Cuando una política pública prioritaria, como lo es la seguridad, da un giro y se desvía de su dirección inicial, surgen más preguntas que respuestas.
El mensaje. Apenas en noviembre del año pasado la presidenta Sheinbaum declaró que regresar a la guerra contra el narco no era opción, argumentando que se trata de una acción fuera del marco de la ley: “es permiso para matar, sin ningún juicio, y con eso en México muy poquitos están de acuerdo”. Señaló que dicha guerra no sirvió más que para aumentar la violencia en nuestro país, definiéndola como “el verdadero autoritarismo”.
Para sorpresa de muchos, algo cambió el pasado domingo 22 de febrero cuando un operativo desplegado por parte de las fuerzas federales en Tapalpa, Jalisco, derivó en la ejecución del mayor capo criminal de nuestro país: Nemesio Oseguera, alias El Mencho.
Mediante este operativo realizado por el Ejército Mexicano -con apoyo de inteligencia estadounidense-, el gobierno federal dio un viraje en su política de seguridad pública dejando en el olvido la política pasiva y complaciente del sexenio obradorista (pasando de los “abrazos” a los “balazos”).
Asumiendo que la jefa del Ejecutivo y Comandante Suprema de las Fuerzas Armadas dio la orden -o al menos su anuencia- para que se pusiera en marcha dicho operativo, vale la pena preguntarnos: ¿qué cambió de noviembre para acá?, ¿por qué tuvieron que pasar siete años para que el Estado Mexicano desplegara su fuerza para enfrentar al crimen organizado?, ¿por qué convertir “el error histórico de Calderón” en una renovada política pública?, ¿qué tan grande fue la presión de la administración trumpista sobre el gobierno mexicano?, ¿de qué tamaño son los expedientes acumulados contra los políticos oficialistas?, ¿la muerte del criminal durante su traslado aéreo y la respuesta del grupo criminal fueron giros no calculados?, ¿cuál será el costo por descabezar esta “hiedra” criminal?
El 22 de febrero fue un punto de inflexión marcado por el caos, la desinformación y el miedo de miles de familias mexicanas. Con el paso de las horas y los minutos nos fuimos enterando de tiroteos, muertes y explosiones; de bloqueos carreteros; de la quema de más de cincuenta sucursales del Banco Bienestar -mensaje velado-; de cierres de comercios y suspensiones de clases; todo ello, acompañado del silencio inexplicable de la Presidenta y de su gobierno.
Con más espanto que asombro comprobamos que estamos a expensas del crimen organizado; a quien se le ha permitido crecer, a tal punto, que es capaz de paralizar a gran parte del país y a su gobierno en cuestión de horas.
Por más que la Presidenta lo niegue, el giro en su estrategia de seguridad fue evidente; ojalá este viraje no se detenga hasta desmantelar esta y otras estructuras criminales, así como a quienes se han beneficiado de ellas, brindándoles protección política.
La despedida
Querida “R.”: un día bastó para confirmar que la razón de nuestra vulnerabilidad se resume en una simple palabra: complicidad.
La firma
Tu amigo: “El Discursero”.
P.D. En espera de una próxima carta, deshazte del sobre amarillo.