El saludo. Querida “República”: la desestimación y falta de aprecio se asoman semana con semana en “La Cosa Pública”. El desaire y el desdén se han convertido en un “lugar común” que sirve como refugio a una clase política cada vez más populista, autoritaria, errática y propensa a la polarización en ambos lados de la frontera.
El mensaje. Ocurre que el desprecio a la ley y a las minorías hacen imposible la aproximación de lo distante, de lo plural y diverso; restringiendo los espacios para “poner en común” las prioridades, anulando el bien común.
Sucede que el desprecio por la Constitución y el Estado de Derecho abren un horizonte unilateral e ideológico de toma de decisiones, con costos que trascienden generaciones enteras.
Lo vimos con asombro hace apenas unos días: mediante una operación militar ilegal, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de manera unilateral decidió asumir los destinos de Venezuela; su orden intervencionista no solo configuró una violación descarada del derecho internacional y la Carta de las Naciones Unidas -independientemente de que el objetivo haya sido un dictador corrupto, como Maduro-, sino que además sentó un pésimo precedente al legitimar la “lógica de la fuerza” en la lucha por el control de los recursos naturales y el poder político -batalla abierta en territorio venezolano desde hace muchos años contra sus tres principales adversarios: China, Rusia e Irán-.
El desprecio por la verdad lo vimos también reflejado en la reacción del “obradorismo” a estos acontecimientos. Algunos de sus representantes -comenzando por el expresidente López Obrador- se dijeron consternados por la violación del derecho internacional; ese que, desde el “oficialismo”, una y otra vez han violentado:
No solo con su silencio ante la violación sistemática de los Derechos Humanos de los venezolanos, ante el robo descarado de la elección presidencial por parte del “oficialismo chavista”, o con su opinión -no requerida- sobre la vida política de Perú, Ecuador u Honduras. También con su malograda reforma judicial, con la prisión preventiva oficiosa, con la eliminación persistente de organismos autónomos, con la militarización del país, con la censura y la represión a las voces disidentes, con la represión de la protesta pública desde el poder, con su renovado afán de capturar al árbitro electoral, entre muchas otras decisiones arbitrarias que siguen tomando.
La despedida. Querida “R.”: en medio de las decisiones de dictadores sanguinarios, de intervencionistas interesados, de narcotraficantes poderosos y gobernantes sometidos, nos corresponde tomar nuestras propias decisiones. Ojalá sean las decisiones de ciudadanos libres que aprecien la verdad, la vida democrática y el orden jurídico; pues solo así seremos capaces de limitar el poder del Estado, desactivar su rol amenazante y recuperar un mundo más seguro. No es poca cosa.
La firma. Tu amigo: “El Discursero”.
P.D. En espera de una próxima carta, deshazte del sobre amarillo.