Rafael López

El Ahorro

Se han debilitado instituciones por capricho; se han subsidiado obras “faraónicas” insostenibles

El saludo.

Querida “República”: desde muy temprana edad aprendemos que ahorrar no solo es algo bueno, sino también algo deseable para nuestro desarrollo personal -tranquilidad- y financiero -metas-. Dicho ahorro, asociado con otros valores como la responsabilidad y la planificación, incluso trasciende los conceptos financieros -materiales-, ubicándose en el plano existencial -espiritual- trazado por necesidades y deseos.

Sin embargo, el ahorro analizado desde la óptica de “La Cosa Pública”, pinta una realidad muy diferente.

El mensaje.

Recurrir al “ahorro” como eje narrativo en “La Cosa Pública” es, lo mismo, atractivo que redituable. Así lo entendieron el expresidente López Obrador y sus cercanos, al ubicar su política de “austeridad republicana” como uno de los pilares de su “movimiento”.

Buena parte del discurso de la autollamada “Cuarta Transformación” se centró en dicho ánimo ahorrativo orientado a financiar sus principales programas sociales y obras de infraestructura. Bajo el argumento de eliminar privilegios y combatir la corrupción, desde hace siete años se han cancelado obras, eliminado fideicomisos, reducido sueldos, recortado prestaciones y disminuido presupuestos a organismos públicos y autónomos.

Más allá de que la efectividad a largo plazo de dicha política sigue siendo cuestionable; el malgasto, el derroche, los lujos y la corrupción del presente han “agujerado” su propia narrativa, generando un ambiente de incertidumbre e incredulidad.

Se han debilitado instituciones por capricho; se han subsidiado obras “faraónicas” insostenibles, con sobreprecio y mala calidad -AIFA, Dos Bocas, Tren Maya, Megafarmacia, Mexicana de Aviación, etc.-; la propia Auditoría Superior de la Federación ha hecho públicas irregularidades por más de 251 mil millones de pesos en el sexenio del expresidente López Obrador; y se ha elevado la deuda pública como nunca antes.

Así que la próxima vez que escuches que el gobierno está ahorrando, economizando, o guardando el dinero, producto de tus contribuciones, piénsalo dos veces. Quizá entonces seas capaz de ver más allá del discurso y de la narrativa de austeridad, para ubicarte en un plano donde la concentración del poder político -vía el reparto de dinero en efectivo- “lleva mano”.

Y quizá entonces seamos más capaces de exigirle al “oficialismo” que ahorre en demagogia, polarización y prejuicios ideológicos; y que, en cambio, no escatime en orden y rigor técnico al gobernar; en responsabilidad asumida para asegurar la vigencia del Estado de Derecho; en capacidad para facilitar auténticas condiciones para el desarrollo.

La despedida.

Querida “R.”: en medio de tanta simulación y parafraseando a Confusio, me limito a recomendarte que te sigas exigiendo mucho a tí misma y esperes poco de los políticos; así, al menos, te ahorrarás disgustos.

En la empresa

Tu amigo: “El Discursero”.

P.D. En espera de una próxima carta, deshazte del sobre amarillo.

Te recomendamos