El Mundial terminó. México no levantó la Copa ni resolvió ninguno de sus problemas estructurales. La inseguridad sigue ahí. La economía mantiene pendientes. La polarización política tampoco desapareció. Sin embargo, durante veinticuatro días ocurrió algo extraordinario: cambió el estado de ánimo del país.
Por unas semanas, millones de mexicanos compartimos una misma causa. Dejamos de discutir, al menos por momentos, sobre Morena, PAN, PRI, gobiernos, elecciones o ideologías. La conversación pública giró alrededor de una sola camiseta: la de la Selección Nacional.
En un país profundamente dividido, el futbol sigue siendo uno de los pocos espacios capaces de reunir a personas de todas las edades, religiones, clases sociales y preferencias políticas bajo una misma emoción.
Las redes sociales lo demostraron. Disminuyeron las discusiones partidistas y aumentaron los análisis tácticos, las alineaciones, las jugadas y la ilusión colectiva. El algoritmo cambió el conflicto por la esperanza.
El sociólogo Robert Putnam sostiene que las sociedades funcionan mejor cuando existe confianza entre personas que ni siquiera se conocen. A ese fenómeno lo llama capital social: la capacidad de cooperar porque compartimos una identidad superior. Eso produjo el Mundial.
Desconocidos abrazándose después de un gol. Familias reunidas frente a un televisor. Oficinas haciendo pausas para ver un partido. Restaurantes llenos de personas celebrando con gente jamás vista. Durante esos días dejamos de ser adversarios para volver a ser compañeros de camiseta.
Existen antecedentes internacionales que muestran que los grandes eventos deportivos pueden modificar temporalmente algunos indicadores de violencia. En México, durante este Mundial, las fiscalías estatales reportaron una reducción aproximada del 33 % en los homicidios dolosos (609 víctimas menos).
Sería irresponsable afirmar que el futbol explica por sí solo esa disminución. La violencia responde a múltiples factores. Pero también sería ingenuo ignorar que una sociedad emocionalmente concentrada en una ilusión compartida reduce tensiones y algunos detonadores de la violencia cotidiana.
Durante casi un mes predominó una pregunta: ¿y si sí?
La política debería aprender de esa experiencia. Los liderazgos más exitosos no gobiernan desde el miedo permanente. Construyen causas comunes que permiten a ciudadanos distintos reconocerse como parte de un mismo proyecto.
México necesita más causas nacionales que nos unan y menos campañas permanentes que nos dividan.
Los políticos tienen aquí una gran oportunidad para aprender. Las elecciones se ganan con causas comunes, con líderes que emocionen. Con una alineación nacional que hoy no tenemos.
@PedroPabloTR