Durante más de un siglo, el Ejército mexicano fue una institución de disciplina, sobriedad y obediencia constitucional. Nació en 1913 como Ejército Constitucionalista, con una misión clara: restaurar el orden tras el golpe de Victoriano Huerta.
Desde entonces México logró algo excepcional en América Latina: más de 100 años de Fuerzas Armadas subordinadas al poder civil, sin dictaduras militares modernas ni generales gobernando el país.
Su función era clara: defender la soberanía, preservar la estabilidad interna y actuar cuando el Estado lo requería.
Durante décadas su presupuesto anual osciló entre 90 y 100 mil millones de pesos. Era una fuerza armada profesional. Pero en 2018 comenzó un giro histórico.
El Ejército dejó de ser únicamente una institución de seguridad para convertirse también en constructor, administrador y operador de megaproyectos públicos.
La construcción del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles implicó entre 75 y 85 mil millones de pesos. El Tren Maya, la obra insignia del sexenio, absorbió entre 470 y 515 mil millones de pesos.
El aeropuerto de Tulum sumó 19 mil millones, mientras que la construcción de sucursales del Banco del Bienestar representó cerca de 15 mil millones de pesos.
Los soldados mexicanos, en suma, ejecutaron obras por cerca de 800 mil millones de pesos. El Ejército se convirtió en una empresa; y además, desde 2020, controló las aduanas mexicanas, por donde circula 1 billón de dólares anuales en comercio exterior.
El contraste era dramático. Los militares en el escritorio haciendo empresas, y en la calle con las manos atadas.
México vivió uno de los periodos más violentos de su historia reciente.
Entre 2018 y 2024 se registraron más de 180 mil homicidios dolosos.
La política de “Abrazos, no balazos” a los delincuentes dejó a los soldados en un papel vergonzoso. La paradoja era evidente: el Ejército construía aeropuertos mientras los cárteles ampliaban su control territorial.
Hasta que llegó el punto de quiebre.
La presión internacional por el tráfico de fentanilo obligó a un cambio de narrativa. Y en un operativo de inteligencia y fuerza militar, el Ejército abatió a Nemesio Oseguera Cervantes, El Mencho, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación y uno de los criminales más poderosos del planeta.
Entonces ocurrió algo revelador. En el estadio Corregidora, durante un partido de la Selección Mexicana, miles de aficionados aplaudieron al Ejército de pie.
No fue por trenes.
La esencia de un ejército no está en los contratos ni en los presupuestos.
Está en el honor de proteger a la nación.
La pregunta histórica queda abierta.
¿Puede una institución armada administrar cientos de miles de millones de pesos sin alterar su esencia?
Porque al final, hoy la
disyuntiva para nuestras Fuerzas Armadas es:
El honor… o el dinero.
@PedroPabloTRGa