Hay una paradoja que Morena debería resolver en Querétaro: nunca el Gobierno Federal había estado tan presente en la economía cotidiana de tantos queretanos y, al mismo tiempo, tan lejos de convertir esa presencia en apoyo político.
De acuerdo con el II Informe de Claudia Sheinbaum, 667 mil queretanos reciben algún programa social federal. Uno de cada cuatro habitantes.
Este año serán $13.8 mil millones: casi $38 millones diarios.
Y los operadores de Morena aquí no pudieron llenar el Centro de Congresos para recibir a la Presidenta.
Habían solicitado 8 mil sillas. Colocaron 6 mil y terminaron retirando alrededor de 1,500 ante la falta de asistentes. Reportes periodísticos y oficiales calcularon unas 4 mil 500 personas.
Un año antes, en el mismo recinto, se reportaron más de 8 mil.
Reducirlo a un fracaso de acarreo sería quedarse en la superficie. Políticamente, el asunto es más profundo.
La paradoja consiste en que el éxito de una política pública puede convertirse en el fracaso de una expectativa política.
Los programas sociales pertenecen al Estado, no a Morena. El ciudadano puede aceptar un derecho, apoyo o transferencia sin aceptar, junto con el dinero, una deuda de gratitud electoral.
Ahí puede estar uno de los grandes errores de cálculo: confundir dependencia presupuestal con dependencia política.
Durante años, parte de la oposición también cayó en esa simplificación al asumir que cada transferencia terminaría convertida inevitablemente en un voto para Morena.
Querétaro demuestra, hasta ahora, que esa ecuación no es automática.
Puede existir un gobierno fuerte en el territorio y un partido débil en la conciencia ciudadana. Puede crecer el padrón de beneficiarios sin crecer, proporcionalmente, el de convencidos.
Pero existe otra explicación incómoda para la 4T: sus liderazgos locales no están operando.
Mauricio Hernández Núñez administra una estructura federal que llega a 667 mil personas. Santiago Nieto coordina a Morena y PT. Entre ambos no consiguieron movilizar ni al uno por ciento de ese universo para recibir a su Presidenta.
Nieto enfrenta además otro problema: una cosa es beneficiarse de la fuerza nacional de Morena y otra construir liderazgo propio.
Ricardo Astudillo intenta descarrilarlo desde el Verde. Gilberto Herrera no mueve un dedo para ayudarlo. Comparten proyecto nacional, pero no necesariamente proyecto local.
Por eso importan las sillas vacías.
No determinan una elección, pero exhiben la (muy) poca fuerza de Santiago y la traición de Gilberto y Astudillo.
El poder puede distribuir recursos. Lo que no puede distribuir por decreto es pertenencia.
Una cosa es llegar al bolsillo.
Otra, bastante más difícil, llegar a la voluntad.
Confundir beneficiarios con seguidores es un error.
Eso les pasa aquí. No crecen ni aglutinan y su traición los inutiliza.