Durante años, la Cuarta Transformación había logrado sostener una narrativa poderosa: la del sacrificio moral frente al privilegio, la austeridad como virtud republicana, la medianía como código ético frente a la frivolidad del pasado. Fue, de hecho, uno de sus pilares fundacionales, un hábito discursivo que ofrecía a la ciudadanía un pacto simbólico: nosotros somos distintos, no vivimos del poder ni nos servimos de él.
Pero en los últimos meses, ese capital moral, más que agotarse, parece haberse diluido en un mar de justificaciones. La reciente polémica por la compra de camionetas blindadas para ministros afines a la 4T no sólo reavivó el debate sobre la austeridad, sino que puso frente al espejo algo más profundo: la fractura entre el discurso y la conducta, entre la palabra y el ejemplo.
Porque nadie discute que los servidores públicos necesiten seguridad, en especial quienes enfrentan amenazas reales, ministros, jueces o funcionarios expuestos al crimen organizado. El problema no son las camionetas. Es la hipocresía. Es el doble discurso que, a fuerza de repetirse, vacía de sentido aquello que alguna vez movilizó esperanzas. La historia reciente está llena de ejemplos: desde las vacaciones de lujo de dirigentes de Morena en Europa hasta las costosas propiedades de aliados entrañables del movimiento, las defensas presidenciales han sido un hilo constante: que si se pagó con dinero propio, que si se trata de ataques mediáticos, que si hay asuntos más graves de los cuales ocuparse. Todo eso podrá ser cierto, pero también suena a coartada moral. En política, las incoherencias pesan más que las explicaciones técnicas.
Lo paradójico es que la presidenta Sheinbaum, que había construido una imagen de rigor y consistencia, ha tenido que salir una y otra vez a justificar las inconsecuencias de sus propios aliados. En julio de 2025 defendió los viajes de los morenistas bajo el argumento de los “recursos personales”; en agosto, minimizó el escándalo de la casa de 12 millones de Fernández Noroña, descalificando el tema como distracción; en octubre, cerró filas ante las revelaciones de corrupción interna publicadas por The New York Times; y ahora justificó la compra de camionetas blindadas con un argumento tecnocrático: que era más barato comprarlas que arrendarlas. En cada defensa, más allá del detalle administrativo, se perdió un poco de la esencia original del discurso: que el cambio también debía ser moral, no sólo presupuestal. Algunos dirán que la pureza es una trampa, que ningún gobierno puede sostener de forma permanente un ideal de impecabilidad sin caer en el absurdo o en la hipocresía. Tal vez. Pero la política, como la literatura o la fe, se sostiene en símbolos, y cuando un símbolo se quiebra, algo más profundo se resquebraja.

