Paul Ospital Carrera

Necesitamos más horizontes

Querétaro se transforma en un mosaico de pequeñas islas desconectadas

Vivimos cada vez más encerrados. No sólo detrás de las bardas y las rejas que prometen seguridad, sino dentro de un modelo de ciudad que se ha vuelto claustrofóbico. Querétaro crece, pero con muros que separan, calles que no comunican y parques que ya no existen.

Los desarrolladores de vivienda nos venden la idea de una vida en familia, de niños jugando en áreas comunes y vecinos que se saludan en la mañana; pero lo que realmente entregan son sobras: patios diminutos disfrazados de “áreas verdes” y espacios recreativos que son cualquier cosa menos espacios vivos.

El problema no es que se construya, sino qué tipo de ciudad estamos construyendo. En el discurso, la planeación urbana parece cuidadosa y técnica; en la práctica, es una suma de permisos otorgados sin visión de futuro.

El gobierno pide a los desarrolladores dejar áreas verdes como requisito para aprobar un proyecto, pero rara vez se detiene a revisar qué calidad, qué tamaño o qué uso real tendrán esos espacios. Basta recorrer cualquier nuevo fraccionamiento para descubrir que esos supuestos parques terminan siendo triángulos de pasto mal cuidado, sin árboles, sin bancas y sin sombra. Son lugares donde nadie se queda porque no invitan a estar.

Los fraccionamientos cerrados, tan populares como impunes, nos venden la ilusión de comunidad, pero lo que fomentan es aislamiento. Se levantan sobre la idea del miedo: miedo al otro, miedo a lo público, miedo a compartir.

Y así, Querétaro se transforma en un mosaico de pequeñas islas desconectadas, cada una con su propio guardia, su propio acceso, su propio reglamento. Al centro de cada isla se levanta un conjunto de casas idénticas, apretadas y sin espacio para respirar. La prioridad es vender, no crear vida. Se cumple con el mínimo legal, y el resto se deja al azar o al abandono.

Lo más lamentable es que mientras los fraccionamientos privados proliferan, el espacio público retrocede. Cada vez tenemos menos parques con árboles maduros, con senderos, con mantenimiento, con niños jugando sin miedo.

En lugar de invertir en ellos, la administración celebra cifras récord de vivienda nueva como si eso fuera sinónimo de desarrollo. ¿De qué sirve construir más casas si cada hogar vive encajonado, sin plaza, sin parque, sin calle viva? La ciudad se expande pero la vida se reduce.

Detrás de esta lógica hay una idea profundamente equivocada: que la infraestructura pública puede venir después, cuando haya más recursos, cuando se junte más población. Pero esa visión es lo que nos está condenando a una ciudad incompleta. Las áreas verdes no son ornamento; son parte esencial de la salud urbana. Un parque no sólo oxigena el aire, sino también el ánimo colectivo. Es el lugar del encuentro, del descanso, del juego, del simple hecho de mirar el cielo sin cables ni bardas.

Por eso es urgente repensar cómo crece Querétaro. No se trata de frenar la vivienda, sino de cambiar la ecuación: que cada metro cuadrado habitacional implique metros cuadrados de espacio público verdadero.

Que los requisitos oficiales no se midan en porcentajes, sino en dignidad. Que los permisos dependan de entregar parques funcionales, transitables, cuidados y abiertos, no simulacros de áreas verdes que en unos meses se convierten en lotes abandonados.

Te recomendamos