La caída de Marx Arriaga parece el cierre inevitable de un ciclo que comenzó con una promesa noble y terminó con una colección de erratas. El proyecto de la “Nueva Escuela Mexicana” había nacido con el discurso de romper esquemas, de devolver la educación a los pueblos, de reformular los contenidos desde una perspectiva más inclusiva. Pero a mitad de la ruta, el ideal se convirtió en laboratorio ideológico y el resultado, en una muestra accidentada del desorden que ocurre cuando la prisa vence al rigor. Ahora, mientras el exdirector de Materiales Educativos defiende su versión atrincherado en su oficina, los errores impresos en tinta se vuelven su legado más elocuente: un espejo de los descuidos que el Estado no puede darse el lujo de tener cuando enseña a leer, contar o ubicar a Querétaro.
El episodio del mapa que nombra Guanajuato donde debería decir Querétaro no es sólo una anécdota de sobremesa; es una metáfora del extravío colectivo. ¿Cómo confiar en un modelo educativo que pierde la brújula de su propio territorio? La geografía, al final, no es un tema menor: forma parte del sentido de pertenencia, de la identidad nacional, de la idea misma de comunidad. Que en un libro oficial un niño queretano crezca creyendo que vive en Guanajuato es un error tan simbólico como didáctico; revela la fractura entre intención y método, entre ideología y pedagogía.
Algo semejante ocurrió con la fecha de nacimiento de Benito Juárez. No se trata sólo de confundir un 18 con un 21, sino de fallar en la memoria de uno de los símbolos más estables del Estado laico. Juárez había sido, durante décadas, el punto de coincidencia en el relato patriótico mexicano; verlo trastocado por un simple desliz editorial fue, para muchos, una señal de que la revisión histórica no se estaba haciendo con cuidado, sino con improvisación. Y cuando el pasado se edita al vapor, el futuro se imprime con los mismos tonos de confusión.
Los errores matemáticos tampoco fueron menos graves. En los libros de primaria se eliminaron hasta el 90% de los contenidos numéricos, incluyendo nociones tan básicas como las centenas o la geometría elemental. Lo que debía ser una actualización se volvió amputación. En lugar de modernizar el pensamiento lógico, se redujo la exigencia cognitiva. En un país que ya retrocedió 11 lugares en las pruebas PISA, la pobreza matemática se convierte en un atajo hacia la desigualdad. La intención de simplificar el aprendizaje se trocó, paradójicamente, en una pedagogía del descuido.
Nadie ignora los elementos valiosos del experimento: la incorporación de la perspectiva de género, la búsqueda de inclusión, el esfuerzo por balancear la presencia histórica de las mujeres. Todo eso era necesario, incluso impostergable. El problema es que el relato social se quiso emparejar con la urgencia política. Ahí donde debía haber diálogo con maestros, hubo consignas; donde hacía falta revisión, hubo consignatarios. La SEP defendió una intención justa con un instrumento defectuoso, y el ruido del error terminó haciendo imposible escuchar el mensaje.
El gobierno de Querétaro fue de los pocos que se resistieron abiertamente a distribuir los libros hasta que hubiera resoluciones judiciales. En su momento se tildó de conservadora esa postura, pero hoy luce más como un acto de prudencia.