El año pasado, 2025, dediqué más columnas de las que quisiera a Donald Trump. De las 50 semanas del año, unas 15, quizá más, se nos fueron entre sus amenazas, sus desplantes y sus ocurrencias. Que si iba a poner aranceles a México, que si impondría impuestos a las remesas, que si enviaría tropas a la frontera. Decía una cosa el lunes y otra el jueves, y cada semana parecía inventar una forma nueva de poner a temblar la diplomacia. Su estilo era eso: ruido. Amenazas que no pasaban del micrófono. “Perro que ladra no muerde”, repetíamos con esa mezcla de resignación y alivio. Pero algo cambió, y no por poco.

El inicio de este 2026 ha sido tan vertiginoso que parece que llevamos ya tres meses en sólo dos semanas. Y si no, que le pregunten a Sudamérica. Trump comenzó el año con un movimiento que nadie creyó posible: el ingreso a Venezuela y la captura de Nicolás Maduro, trasladado a Nueva York para enfrentar cargos en tribunales estadounidenses. Un hecho que trastocó la política regional y que, sobre todo, hizo que de pronto el mundo empezara a escuchar nuevamente, y con atención, lo que Trump dice.

Hoy, por ejemplo, vuelve a tener eco la amenaza de Trump con meter militares a México para combatir a los cárteles. Cuando en realidad, lleva más de un año con ese discurso. Pero claro, una cosa era oírlo en campaña, y otra verlo cumplir su palabra, esta vez con otro país. Cuando el vecino que sólo gritaba desde la cerca finalmente salta y golpea, uno empieza a pensar si el siguiente golpe podría venir aquí. Y es que la distancia entre el ingreso a Venezuela y una intervención en Sinaloa de pronto ya no parece tan grande.

Trump lleva meses repitiendo que el crimen organizado gobierna México y que Estados Unidos debe “ayudar” a combatirlo con sus propias fuerzas. Esa “ayuda” ha dividido a muchos mexicanos. Hay quienes piensan, con lógica desesperada, que si el Estado no puede, o no quiere, controlar la violencia, tal vez otro deba hacerlo. Es el argumento del vecino que le pega al golpeador cuando la víctima no logra defenderse. Pero también sabemos cómo termina esa historia: el vecino no suele contentarse con ayudar, sino que después se cree dueño de la casa.

La novedad, y no es menor, es que Trump ya no parece ese presidente bravucón que prometía más de lo que podía hacer. Esta vez está cumpliendo. En la lógica de su política exterior, no hay costo demasiado alto si le genera popularidad o si reafirma la idea del America First. Y frente a esa realidad, México tiene menos espacio para la retórica. Lo que antes era improbable, una acción militar directa de Estados Unidos en territorio mexicano, hoy se asoma como un escenario posible, si no se maneja con inteligencia y resultados.

Lo paradójico es que el gobierno de Claudia Sheinbaum sí ha mostrado una voluntad distinta en el combate al crimen organizado. Los datos son contundentes: mientras en todo el sexenio de López Obrador se registraron alrededor de 12 mil detenciones de líderes y operadores criminales, en apenas 15 meses del nuevo gobierno ya van cerca de 40 mil. En materia de fentanilo, el golpe también es más visible: casi tres toneladas incautadas frente a las ocho de los seis años anteriores.

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