En una época en la que la política parece haberse fragmentado bajo el peso de los algoritmos y la indignación constante, resulta casi irónico que uno de los discursos más contundentes sobre identidad y unidad provenga del escenario del entretenimiento masivo. El show de medio tiempo del Super Bowl de Bad Bunny, más allá de su despliegue visual o sus cifras colosales de audiencia, fue un gesto simbólico de dimensiones políticas. No por su afán partidista, sino porque logró algo que hoy parece improbable: poner en el mismo ritmo a millones que no piensan igual, no viven igual, ni se pronuncian igual.
La cultura popular lleva décadas sirviendo de espejo a la política, pero pocas veces ha sido tan visible la relación entre ambas. En su espectáculo, Bad Bunny no solo reivindicó la estética caribeña, la sensualidad y el orgullo de lo latino; también trazó una línea de resistencia frente a los intentos de uniformar la identidad cultural dentro del mercado global. La música, con su mezcla de ritmos afroantillanos, trap y reguetón, se transformó en lenguaje político: un reclamo por existir sin necesidad de traducirse ni suavizar sus códigos. En un país que lleva años discutiendo su propio rostro multicultural, esa fue una afirmación más poderosa que cualquier discurso.
Lo notable es cómo un artista que comenzó en los márgenes, con letras callejeras y estética transgresora, terminó usando el mayor escaparate mediático de Estados Unidos para decir algo esencial: que la diversidad cultural no es una amenaza, sino una verdad irrefutable del siglo XXI. El mensaje, en medio de luces, coreografías y visuales vibrantes, no fue una consigna explícita; fue un alegato emocional. Bad Bunny demostró que la política también puede expresarse a través del gozo, de la celebración y del ritmo, sin necesidad de solemnidad.
La elección de ciertos símbolos, banderas caribeñas, referencias a Puerto Rico, gestos de orgullo queer, imágenes de comunidad, no fueron casuales. En un contexto donde el discurso público tiende a reducir lo distinto a lo sospechoso, esos símbolos actuaron como recordatorio de que la identidad no es una frontera, sino un territorio compartido. Fue un show sobre pertenecer, pero también sobre resistir. Pertenecer sin pedir permiso, resistir sin odio. En tiempos de confrontación constante, esa es una postura política en sí misma.
Lo que muchos espectadores vieron como “solo entretenimiento” fue, en el fondo, una estrategia de lenguaje: convertir la fiesta en espacio de narrativa política. Si los debates se polarizan y los parlamentos se bloquean, el arte, y particularmente la música, a veces logra lo que la política formal no puede: construir un sentimiento común. Quizá por eso su presentación se sintió más cohesionadora que cualquier mensaje institucional. Recordó que la emoción puede ser más eficaz que la argumentación cuando se trata de conectar a una sociedad dispersa.
Bad Bunny, desde su manera irreverente de interpretar la masculinidad hasta su insistencia en cantar en español frente a audiencias globales, representó un modelo alternativo de poder: el cultural, el simbólico, ese que no impone por decreto sino por resonancia. En un mundo donde la política ha perdido su capacidad de inspirar, la cultura se convierte en un espacio de resistencia.

