Paul Ospital Carrera

La costumbre del sobrecosto

Hay cifras que, por su magnitud, dejan de ser números y se convierten en preguntas. Una de ellas es el costo del tren México-Querétaro.

Se presentó como una obra de 75 mil millones de pesos. Hoy, las estimaciones oficiales más repetidas rondan los 144 mil millones, y los techos presupuestales de la Secretaría de Hacienda llegan incluso más alto. La diferencia no es un ajuste menor. Es una cantidad que, puesta en perspectiva, obliga a detenerse.

Ese presupuesto adicional, decenas de miles de millones de pesos, no es abstracto. Es dinero que ya no estará disponible para otras cosas. Y la pregunta que debería hacerse con toda seriedad es simple: ¿qué se podría haber hecho con esos recursos extras?

Con una fracción de ese sobrante se podrían construir y equipar varios hospitales de segundo nivel en la zona metropolitana de Querétaro. Se podrían rehabilitar cientos de kilómetros de caminos rurales que hoy se vuelven intransitables cada temporada de lluvias. Se podrían instalar sistemas de agua potable y drenaje en comunidades que todavía carecen de ellos. Se podrían ampliar escuelas técnicas y centros de capacitación para los jóvenes que cada año buscan empleo en la industria automotriz y aeroespacial de la región.

Incluso se podría pensarse en una red de transporte público local más ambiciosa: líneas de autobús eléctrico, ciclovías seguras, interconexiones reales entre las estaciones del futuro tren y los municipios aledaños. Porque un tren de alta velocidad que llega a una ciudad donde el transporte interno sigue siendo deficiente resuelve solo una parte del problema de movilidad.

Todo eso cabe dentro de la diferencia entre lo anunciado y lo que finalmente se está presupuestando. Y, sin embargo, la conversación pública tiende a centrarse en si la obra se terminará en 2027 o en 2028, en el porcentaje de avance del derecho de vía, en la velocidad máxima de los trenes. Casi nunca se detiene en el costo de oportunidad.

Ese costo de oportunidad es real. Cada peso que se destina a cubrir un sobrecosto significativo es un peso que no se invierte en necesidades cotidianas y menos mediáticas. La gente que vive en los municipios por donde pasará el tren no solo necesita llegar más rápido a la Ciudad de México. También necesita que el hospital más cercano tenga suficiente personal y equipo, que las escuelas no se inunden, que el agua llegue con regularidad.

No se trata de oponerse al tren. La conectividad ferroviaria de pasajeros es una necesidad legítima y, bien ejecutada, puede transformar la región. Se trata de no aceptar como normal que las cifras iniciales sean apenas una aproximación decorativa. Cuando el incremento supera con creces el margen razonable de imprevistos, algo falló en la planeación, en los estudios, en la supervisión o en las decisiones posteriores. Y cuando ese fallo no tiene consecuencias para quienes lo permitieron, el sistema se debilita.

En la vida privada, si alguien le promete un servicio por una cantidad y al final le cobra el doble, usted exige explicaciones y, si no las hay, deja de confiar. En la administración pública, el mismo fenómeno se diluye entre justificaciones técnicas, autorizaciones posteriores y la idea de que “así son las obras grandes”. Esa resignación es peligrosa. Normaliza la imprecisión y elimina el incentivo para calcular con rigor.

El tren México-Querétaro será, con toda probabilidad, una obra importante. Pero su verdadera medida no estará solo en los minutos que se ahorren entre una ciudad y otra. Estará también en cuánto costó realmente y en qué se dejó de hacer por cubrir esa diferencia.

Mientras no exista un mecanismo claro que haga responsables a quienes aprueban presupuestos que luego se duplican o se triplican sin justificación suficiente, seguiremos viendo el mismo patrón. Se anuncian cifras optimistas, se celebran los avances, se absorben los sobrecostos y se pasa a la siguiente obra. El dinero extra se vuelve invisible. Las oportunidades perdidas, también.

Por eso la pregunta no es solo cuánto cuesta el tren. La pregunta es qué más se podría haber construido con lo que se está gastando de más. Y mientras esa pregunta no tenga respuesta, ni consecuencias, el sobrecosto seguirá siendo, simplemente, una costumbre.

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