Paul Ospital Carrera

La Amenaza Global

Si las instituciones son débiles, puede arrastrar al mundo entero a una guerra innecesaria

Trump no solo bombardea Irán; bombardea también la idea de que el poder debe tener límites. Vende la guerra como un acto casi personal de valentía y que parece moverse sin contrapesos reales dentro y fuera de su país. No es solo una crisis en Medio Oriente; es un recordatorio brutal de lo que pasa cuando la demagogia se sienta en el Salón Oval y la política exterior se convierte en un espectáculo de testosterona y tuits.

El guion es conocido: un enemigo absoluto, un peligro inminente, una decisión “firme” que supuestamente solo el líder está dispuesto a tomar. En vísperas de los ataques, la Casa Blanca insistió en que Irán estaba a días de tener una bomba nuclear y de poder golpear territorio estadounidense, afirmaciones debatidas por agencias de inteligencia y organismos internacionales que pedían tiempo para la diplomacia.

Aun así, la orden fue lanzar misiles, no argumentos; bombardear ciudades, no prejuicios. Cuando el poder se concentra en una sola voz, la duda deja de ser virtud democrática y se convierte en traición, y eso es exactamente lo que define al populismo: la idea de que el líder encarna al “pueblo verdadero” y que cualquiera que lo cuestione está del lado del enemigo. En ese marco, la política exterior no se diseña; se improvisa, se personaliza, se usa como escenario para demostrar fuerza a la propia base.

Lo que hoy arde en Irán es también producto de esa lógica: Trump vendió desde su segundo mandato una relación privilegiada con Israel, acompañada de un giro cada vez más agresivo contra Teherán, desde los ataques de 2025 a instalaciones nucleares hasta esta ofensiva masiva.

El problema de fondo no es solo este conflicto, sino el patrón: con líderes populistas al mando, las relaciones internacionales se vuelven más volátiles, más personalistas, menos predecibles. La combinación de nacionalismo, desprecio por los expertos y necesidad constante de demostrar fuerza es un cóctel perfecto para la guerra.

Las ciencias políticas ya han documentado cómo los populistas tienden a concentrar decisiones de política exterior en círculos muy estrechos, a desmantelar mecanismos de control y a convertir cualquier crítica en conspiración de “élites globalistas”.

Lo vemos en la manera en que Trump ha ido marginando voces moderadas y privilegiando halcones leales, más atentos a sus aplausos que a los riesgos de escalada en una región saturada de pólvora. Lo vemos en su desprecio abierto por el multilateralismo, por las instituciones internacionales que podrían servir de canales de contención, y en su inclinación a negociar por fuera de marcos formales, a golpe de reunión secreta, ultimátum y anuncio sorpresivo.

Y lo vemos, sobre todo, en la forma en que reduce conflictos complejos a consignas simples: “los buenos contra los malos”, “nosotros o ellos”. Ese maniqueísmo puede funcionar en una campaña; en Medio Oriente, mata.

La ofensiva contra Irán se justificó como una “acción preventiva” para proteger a Israel y a Estados Unidos, pero su escala, el asesinato del líder supremo y los ataques simultáneos a infraestructura militar y política equivalen de facto a abrir un escenario de guerra abierta en la región.

Una decisión así tendría que estar sujeta al máximo escrutinio, acompañada de debates parlamentarios, evaluaciones independientes, límites claros del Congreso y del sistema judicial. En cambio, llega como una revelación presidencial, como si el mundo entero fuera un plató donde Trump decide la próxima escena, mientras el resto de las instituciones corre detrás para justificarla.

El populismo vacía de contenido a las instituciones porque las considera obstáculos, y cuando por fin se las necesita, para moderar, para dialogar, para frenar, ya están debilitadas. Así se pasa de la “mano dura” a la mano temblorosa de un sistema que ya no sabe decir que no.

La ironía es que estos líderes, que dicen defender a la nación contra todas las amenazas, son precisamente quienes la colocan en su punto más vulnerable.

Cada misil sobre Irán multiplica las posibilidades de ataques de represalia contra intereses estadounidenses e israelíes, amplía el margen para errores de cálculo y aumenta la presión sobre otros actores regionales como Hezbollah o las monarquías del Golfo.

Por eso, mientras las bombas caen a miles de kilómetros, la discusión que nos corresponde dar aquí no es solo sobre Medio Oriente, sino sobre nosotros mismos. Sobre qué tan dispuestos estamos a entregar cheques en blanco a líderes que prometen soluciones fáciles, que desprecian los contrapesos, que llaman “enemigos del pueblo” a los jueces, periodistas o legisladores que incomodan.

La lección de Trump no es sólo que un populista puede llegar al poder; es que, si las instituciones son débiles, puede usar ese poder para arrastrar al mundo entero a una guerra innecesaria. Frente a eso, la defensa de la democracia deja de ser una consigna abstracta y se convierte en una tarea urgente y concreta: blindar contrapesos, fortalecer parlamentos, respetar tribunales, cuidar a la prensa, exigir rendición de cuentas.

Te recomendamos