Paul Ospital Carrera

El problema no son los papeles

Empezamos con el 3 de 3. Luego apareció el 5 de 5. Ahora en Querétaro discuten si debe ser 6 de 6 o 8 de 8 Plus. Y no sería extraño que en unos meses alguien proponga el 12 de 12 o el 15 de 15.

La lista de requisitos voluntarios para demostrar “probidad” crece como una carrera de números que nunca termina. Cada nuevo dígito se presenta como la solución definitiva, el filtro que por fin separará a los honestos de los impresentables.

Pero la realidad es evidente: ni los tres ni los cinco ni los ocho ni los quince van a impedir que políticos con pasados turbios, patrimonios inexplicables o vínculos oscuros sigan llegando al poder.

El problema nunca fue la cantidad de papeles que un candidato está dispuesto a mostrar. El problema es la impunidad. Esa facilidad con la que, una vez pasada la foto de la declaración y el discurso de transparencia, todo se diluye. Se firma, se sube a una plataforma, se da una rueda de prensa y al día siguiente el sistema sigue operando igual.

Las declaraciones se convierten en medallas que se cuelgan en el pecho durante la campaña y se guardan en el cajón cuando llega el cargo. No hay consecuencias reales si después se descubren inconsistencias, prestanombres o enriquecimientos. No hay cárcel, no hay inhabilitación automática, no hay pérdida definitiva del derecho a gobernar. Solo hay más papeles.

Por eso el 3 de 3 contra la violencia de género es distinto. Y es efectivo. No es una medalla voluntaria que el candidato decide colgarse para lucir bien. Es la llave de una cerradura. Una cerradura que, por ley constitucional, no debe abrirse si hay sentencia firme por violencia familiar, delitos sexuales o por ser deudor alimentario moroso.

No se trata de un compromiso de campaña. Se trata de un candado que cierra la puerta de entrada. Quien tiene esa sentencia no puede registrarse. Punto. No hay espacio para el “yo me comprometo” ni para el “aquí está mi declaración bajo protesta”. La puerta simplemente no se abre.

Esa misma cerradura es la que debería existir para los corruptos. Una que no dependa de la voluntad del interesado ni del número de formatos que esté dispuesto a llenar. Una que, cuando haya sentencia firme por enriquecimiento ilícito, desvío de recursos o asociación delictuosa, cierre de manera automática e irreversible el acceso a cualquier cargo de elección popular o de designación pública.

Pero esa cerradura no existe de verdad. Existe en el papel. Existe en los discursos. Existe en las promesas de “ya no más impunidad”. En la práctica, el pacto de impunidad sigue siendo más fuerte que cualquier lista de requisitos.

Es el que permite que quien robó ayer pueda volver a postularse mañana, siempre y cuando sepa completar el nuevo formulario de moda.

La diferencia es brutal. Una cosa es exigirle a alguien que muestre tres, cinco u ocho documentos para demostrar que es “limpio”. Otra muy distinta es decirle que, si ya tiene una sentencia firme por haber agredido a una mujer o por haber dejado de pagar la pensión de sus hijos, la puerta del poder está cerrada.

La primera es un ejercicio de imagen. La segunda es un ejercicio de poder real. La primera depende de la buena voluntad y de la presión mediática. La segunda depende de la ley y de la imposibilidad de registrar la candidatura.

Mientras sigamos creyendo que el problema se resuelve sumando más números a la lista, más declaraciones, más pruebas de polígrafo, más verificaciones independientes, seguiremos atrapados en el mismo círculo.

Los políticos presentables seguirán presentando papeles. Los impresentables también. Y al final del día, los que tienen el poder real seguirán siendo los que saben que, pase lo que pase, la impunidad los protegerá. Porque el verdadero filtro no está en cuántos documentos se entreguen, sino en cuántas consecuencias reales existen cuando se incumple.

El 3 de 3 contra la violencia de género funciona precisamente porque no es un número más. Es una barrera. Una cerradura. Y mientras no construyamos esa misma cerradura para la corrupción, una que no se abra con voluntariedad ni con discursos, seguiremos discutiendo si son seis, ocho o quince requisitos, mientras los mismos de siempre siguen entrando por la puerta principal.

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