México se ha convertido en el cable de vida energético de Cuba justo cuando Estados Unidos decide apretar de nuevo el tornillo del embargo, ahora con el rostro de tarifas a cualquier país que se atreva a venderle petróleo a La Habana. Esa tensión, entre la solidaridad latinoamericana que reivindica el gobierno mexicano y la lógica punitiva de Washington, explica buena parte del embrollo actual: envíos “humanitarios” de crudo, presiones comerciales disfrazadas de defensa de la democracia y una isla que literalmente se queda a oscuras si alguien cierra la llave.
Desde hace por lo menos dos años, México dejó de ser un proveedor marginal para convertirse en el principal abastecedor de hidrocarburos de Cuba. Pemex ha enviado millones de barriles de crudo y refinados, con picos de alrededor de 20 mil barriles diarios en 2025, según reportes oficiales y seguimientos independientes por satélite. Buena parte de esos envíos se hicieron a través de una subsidiaria, Gasolinas Bienestar, creada específicamente para gestionar estas operaciones y otorgar condiciones preferenciales a La Habana, lo que en los hechos ha implicado un subsidio masivo al régimen cubano. Ya desde el último tramo del sexenio anterior se calculaba que esas cargas acumulaban un valor de cientos de millones de dólares, en ocasiones enviadas en momentos críticos de apagones y protestas en la isla, como en 2021 o tras los grandes cortes de 2024, siempre envueltas en el lenguaje de la “ayuda humanitaria”.
Con la llegada de Claudia Sheinbaum a la Presidencia, la apuesta no se detuvo; de hecho, investigaciones periodísticas señalan que en ciertos momentos se triplicó el volumen de combustible enviado respecto a los últimos años de López Obrador, al punto de colocar a México por encima de Rusia como principal proveedor de petróleo para Cuba. Esa decisión se justificó en nombre de una tradición mexicana de solidaridad y de una relación histórica con la Revolución Cubana que viene de los años sesenta, cuando México era prácticamente el único país latinoamericano que no rompía relaciones con La Habana pese a la presión de Washington.
Para el oficialismo, mandar barcos cargados de combustibles es la versión contemporánea de aquella política exterior “independiente” que presume no someterse a la Casa Blanca. Pero hay un matiz clave: hoy esa solidaridad se financia con una empresa petrolera endeudada y con recursos públicos sobre los que no hay plena transparencia ni en montos ni en condiciones de pago.
Del otro lado, está Estados Unidos, que no ha abandonado la lógica del embargo que pesa sobre Cuba desde 1962, pero que ahora se expresa de forma más creativa y agresiva. Donald Trump no sólo retomó el discurso de la “dictadura comunista” a la que hay que estrangular económicamente, sino que firmó una orden ejecutiva que impone tarifas a cualquier país que venda o incluso regale petróleo a Cuba, apuntando directamente a México.

