Imagina vivir con solo cuatro horas de electricidad al día. No porque una tormenta haya tirado líneas, ni porque una empresa eléctrica falló en el mantenimiento, sino porque un sistema político decidió hace décadas que la ideología debía mandar más que la realidad.
En Cuba, hoy, eso no es una exageración ni un recurso literario: es la rutina. Un día cualquiera comienza con el zumbido del ventilador que se apaga de golpe, el refrigerador que deja de enfriar, el teléfono que no termina de cargarse.
Cuatro horas de luz condensan todo lo que muchos queremos hacer en 24: trabajar, cocinar, estudiar, bañarse sin miedo a quedar a oscuras. Todo lo demás, las 20 horas restantes, transcurre entre la oscuridad y la resignación.
En Querétaro, o en casi cualquier ciudad mexicana, un apagón de dos horas en una colonia suele ser común, tema de queja, de llamadas al número de emergencia. En Cuba, se va la luz en toda la isla, y ya nadie llama a ningún número. Llamar, de hecho, no serviría de nada: no hay electricidad suficiente para responder.
Esta catástrofe silenciosa tiene muchas causas, escasez de combustible, falta de inversión, redes eléctricas obsoletas, pero hay dos raíces que la explican mejor que cualquier gráfico técnico. La primera: ocurre cuando la ideología se convierte en dogma, cuando un régimen insiste en sostener principios que la historia, la economía y la experiencia ya han desmentido. En Cuba, el sistema energético estatal es una metáfora de su propio modelo político: oxidado, cerrado, sin incentivos, agotado por dentro pero sostenido por el discurso del sacrificio revolucionario. Los apagones son, literalmente, las sombras de una fe que no da luz.
Durante décadas, el gobierno cubano prometió que la resistencia era virtud y la escasez, dignidad. Pero ningún ideal sobrevive al calor de un verano sin ventilador ni refrigerador. Lo que alguna vez fue una causa hoy se ha vuelto condena. Cuando la ideología se administra como religión civil, todo problema se vuelve moral y toda crítica, traición. En ese punto, la técnica falla porque la política se niega a aprender. Ninguna planta termoeléctrica puede funcionar sin mantenimiento, ni ningún país puede sobrevivir sin reformarse. Cuba no sufre solo un colapso energético, sino una negación prolongada de la realidad.
La segunda raíz del apagón cubano está fuera de la isla, en otro populismo de signo opuesto pero de la misma especie. El embargo de Estados Unidos, endurecido bajo la presidencia de Donald Trump, cerró las últimas válvulas por donde Cuba podía respirar económicamente. Mientras el populismo cubano insiste en que todo mal proviene del “imperio”, el populismo trumpista necesitó reafirmar el bloqueo como gesto de dureza ideológica. Ambos discursos se alimentan mutuamente, se justifican el uno al otro: el enemigo externo preserva el relato interno.