La elección interna de Morena para elegir delegados al Congreso Nacional que se celebrará en septiembre, cuyo objetivo es elegir a su dirigencia misma que acompañará la elección presidencial de 2024, fue un ejercicio con el cual se confirmó, una vez más, que ese movimiento tiene nulas capacidades para organizar sus procesos internos.

En las noticias y redes sociales se vieron golpes, acarreos, robo de urnas, denuncias y hasta quema de boletas. etc. Las anomalías provocaron la suspensión de la votación en algunos distritos. En 16 centros de votación predominaron las denuncias de los propios morenistas.

Está agrupación está muy lejos de ser un partido: es un movimiento que se ajusta conforme lo decide el propio López Obrador, pero que fuera de eso no tiene cómo dirimir sus conflictos internos ni le interesa. No pueden ejercer la democracia interna porque muchos de sus integrantes y dirigentes no creen en ella.

Si un proceso como la elección de consejeros genera tantos conflictos, imaginemos lo que ocurrirá en 2024, no sólo con la selección de sus candidatos presidenciales, sino también a gobernadores, legisladores federales y estatales, munícipes.

Siguiendo con su discurso popular, el presidente López Obrador dice que fue una jornada democrática, para quienes lo ven desde fuera es la confirmación de que no es verdad: no hubo democracia; la desorganización y la violencia formaron parte de su proceso interno. Hemos visto en el pasado organizar al PRI elecciones internas, por ejemplo, la definición de la candidatura de ese partido para los comicios de 1999, que fueron muy organizadas y logró que votaran casi cuatro veces más que los que participaron con Morena en este proceso.

Lo que sucedió no fue sorpresa; cada proceso de elección interna de Morena termina en lo mismo. Es decir, dentro de un proceso que se dice democrático –sufragio libre y secreto– se genera la distorsión –caos, violencia, acarreos de votantes, robo de urnas–. Morena no va a cambiar; es genéticamente antidemocrático, está creando su camino para la autodestrucción.

No obstante, las violaciones a la ley por el presidente y la dirigencia del movimiento, el comportamiento de la militancia de Morena nos da indicios de lo que qué veremos en las elecciones presidenciales. Si no ganan, despojan. ¿Cómo lo harían? Si gana la oposición, denunciarían fraude, soportado por las ideas del discurso cotidiano de López Obrador, incitando a la toma de las calles y el secuestro del INE, para entonces con una presidenta a modo. El movimiento del presidente, podría desestabilizar al país y el proceso de elecciones.

¿Estaría López Obrador dispuesto a esto? Tal vez no, por lo que su mejor alternativa, aunque parezca contradictorio, con la fuerza de su presidencia legal, es transgredir la ley, como lo ha hecho casi siempre ante las debilitadas instituciones y la subordinación del Poder Legislativo, y en cierta manera, también del Poder Judicial.

Lo que hemos experimentado es contrario al espíritu democrático liberal, con incertidumbre en el proceso y certidumbre en el resultado.

Por lo pronto, es necesario que la oposición piense en una estrategia paralela a sus alianzas y selección de candidaturas, para que, si llegara a darse su victoria López Obrador y su movimiento tenga que aceptar los resultados, lo que implica la derrota de su proyecto

Con lo sucedido en las elecciones celebradas por Morena, el movimiento no está en la mejor posición para cumplir con sus promesas. Aumenta la disgregación y a lo largo de país, se observó que ni dejando las puertas abiertas lograron sus metas de votación.

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