De cara al Cuarto Informe de Gobierno de Andrés Manuel López Obrador ni México es el infierno que auguraron sus detractores ni es el paraíso en la tierra que esperaban los propios obradoristas y seguidores. Hay aciertos y fracasos como en todos los gobiernos y falta el juicio de la historia para saber si en verdad con su gobierno se inició una transformación o fue simple y pura demagogia.

A estas alturas del sexenio, sus dos antecesores ya marcaban un desgaste en materia de aceptación entre la ciudadanía, siendo el más grave el de Enrique Peña Nieto; sin embargo, pese a sus pifias ampliamente magnificadas por la comentocracia la popularidad del tabasqueño no cede y según una encuesta hecha este agosto vía telefónica por Poligrama tiene una aceptación del 67.18 %, la cual es la mayor cifra desde diciembre de 2019 (previo a la pandemia) donde alcanzó un 66.28%.

De acuerdo con esta casa encuestadora, los estados del sur es donde más apoyo recibe con más del 80% y donde es menos querido es en el Bajío (Querétaro incluido, claro, donde apenas alcanza el 47.35%).

Una pandemia, una recesión, una inflación que supera los niveles de las últimas dos décadas, unos niveles de inseguridad altos con escenas de narcoterrorismo en distintas partes del país no medran en la popularidad del presidente y los que prometieron irse del país si ganaba, aquí siguen, salvo Ricardo Anaya que está en algún lugar de la mancha urbana norteamericana que nadie quiere acordarse.

Un Tren Maya altamente criticado, la cancelación de un aeropuerto y la ampliación de un aeropuerto militar, la inauguración de una refinería que aún no comienza a funcionar, la compra de otra en Texas, un avión que no salió ni en rifa, una oposición que está tan desesperada que hasta al gobernador de Querétaro, que se le caen los puentes, lo ven como presidenciable.

Ampliación de programas sociales y becas, los asesinatos de periodistas que siguen en ascenso, indicadores macroeconómicos estables, crecimiento económico raquítico y un largo etcétera de contrastes que nos muestran que no estamos ni en el cielo ni infierno sino en un simple purgatorio político.

Y aprovechando sus altos índices de popularidad, el presidente busca poder manejar quién será su sucesor en la Presidencia, tratando de controlar un proceso que ninguno de los últimos cinco presidentes pudo hacerlo, y por ello abrió el juego de las corcholatas, que es como bautizó a sus posibles sucesores, reviviendo así el ritual del tapadismo, típico del priismo del siglo XX.

Así llega Andrés Manuel a su Cuarto Informe, en donde su popularidad no decrece, sino que se incrementa de cara al cierre del sexenio.

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