Olmo Martínez

Y si nos damos por vencidos

Las historias humanas quedarían reducidas a fotos y nostalgia

Hay preguntas que incomodan porque obligan a mirar más allá de la coyuntura. ¿Qué pasaría si un día, simplemente, nos damos por vencidos? ¿Si cerramos las puertas de la plaza, apagamos las luces del ruedo y dejamos que el silencio sustituya al clarín? No sería sólo el fin de un espectáculo: sería el desmantelamiento de todo un universo cultural, económico y biológico que gira alrededor del toro bravo.

Imaginemos por un momento que plazas históricas como La México dejan de abrir sus puertas definitivamente. Que ya no hay paseíllo, que el albero se convierte en polvo inerte y que las ganaderías comienzan a vaciarse. El toro de lidia —esa especie criada durante siglos para la bravura, fuerza y embestida franca— perdería su razón de ser en términos productivos. Sin corrida, no hay crianza; sin crianza, no hay toro bravo. Y sin toro bravo, la especie simplemente desaparecería.

¿Y qué decir del campo? Las dehesas y ranchos, sin la rentabilidad que ofrece la fiesta, muchos de esos espacios terminarían fraccionados, vendidos o reconvertidos en cultivos intensivos.

Pero la pérdida no sería sólo ecológica o económica. También sería cultural. La tauromaquia ha inspirado a artistas universales como Francisco de Goya, Federico García Lorca y Pablo Picasso. Ha sido metáfora, símbolo y espejo de una identidad que atraviesa generaciones.

Si nos damos por vencidos, también se apagan las historias humanas, todas quedarían reducidas a archivos, fotografías y nostalgias.

¿Es ese el futuro que queremos? La discusión es legítima y necesaria, pero rendirse sin reflexión implica aceptar la desaparición de una especie, un paisaje y una tradición centenaria. Quizá la pregunta no sea si la tauromaquia debe evolucionar, sino si estamos dispuestos a dejar que se extinga sin comprender lo que realmente perderíamos.

Porque, si nos damos por vencidos, no sólo se va la corrida. Se va el toro. Y con él, un mundo entero.

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