Hay plazas que anuncian una temporada. Y hay plazas, como Sevilla, que anuncian un estado de ánimo, las cosas de este lado del charco cada vez desaniman más, pero allá en España la cosa cambia. La Real Maestranza ya ha desvelado sus carteles para 2026, y en ellos no sólo se adivina la arquitectura de un abono: se percibe una intención. Una manera de entender el toreo. Un pulso. Un regreso a esa vieja costumbre sevillana de convertir cada tarde importante en un capítulo de memoria.
El serial, que se abrirá el Domingo de Resurrección y tendrá su centro natural en la Feria de Abril, llega con el sello de una nueva etapa empresarial y con una idea clara: devolverle a Sevilla el peso simbólico de las grandes decisiones del toreo. Y para ello, pocas figuras encarnan mejor ese propósito que Morante de la Puebla, llamado a ser, una vez más, el hilo de oro de la temporada.
Su presencia en varias tardes no es sólo un dato; es una declaración. Morante en Sevilla nunca ocupa un lugar administrativo: ocupa un territorio emocional. Su comparecencia en el cartel de Resurrección, junto a Roca Rey y David de Miranda, frente a toros de Garcigrande, marca desde el inicio una temporada de alto voltaje, de esas que no conceden el beneficio de la tibieza.
La Feria de Abril deja, además, estampas que ya en el papel tienen aroma de acontecimiento. Ahí está la tarde de Morante con Juan Ortega y Víctor Hernández, con ese aire de toreo cadencioso que Sevilla sabe descifrar como pocas plazas en el mundo. O la reunión de Talavante, Roca Rey y Pablo Aguado, que reúne el peso del mando, la expectación popular y la delicadeza del temple.
Pero Sevilla no vive sólo del oropel. También se sostiene en sus liturgias más severas. El mano a mano de Manuel Escribano y Borja Jiménez con Victorino Martín devuelve a la feria el sabor del compromiso, mientras que la presencia de Miura en el cierre conserva intacto ese rito antiguo que recuerda que la verdad, en esta plaza, siempre llega al final.
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