Cada 7 de julio, mientras el blanco y rojo inundan las calles de Pamplona, el mundo entero, a pesar del Mundial de futbol, vuelve la mirada hacia una tradición que ha logrado sobrevivir al paso del tiempo.Los Sanfermines no son únicamente una fiesta. Son el encuentro entre el hombre y el toro; entre la valentía y el respeto; entre la emoción y la incertidumbre. Son la expresión más universal de una cultura que ha trascendido fronteras y que convierte a Pamplona, durante unos días, en la capital mundial de la tauromaquia.El encierro dura apenas unos minutos. Sin embargo, detrás de esos segundos existen generaciones enteras de ganaderos que han preservado el toro bravo, familias que han hecho del campo una forma de vida y una afición que entiende que el toro no es un enemigo, sino el protagonista absoluto de una de las manifestaciones culturales más antiguas de la humanidad.La tauromaquia no necesita pedir permiso para existir. Necesita seguir explicándose, abrir espacios para el diálogo y recordar que detrás de cada corrida hay biodiversidad, conservación del campo bravo, empleos, identidad y una profunda dimensión artística.Los Sanfermines 2026 comenzaron con un encierro limpio, emocionante y noble, recordándonos que la bravura del toro sigue siendo el corazón de estas fiestas. Esa imagen de la manada recorriendo las calles de Pamplona no representa violencia; representa tradición, respeto por un animal único y una cultura que continúa viva porque millones de personas siguen encontrando en ella emoción, identidad y pertenencia.Mientras haya un pañuelo rojo al cuello, un clarín sonando en la plaza y un toro bravo saliendo al ruedo con toda su integridad, San Fermín seguirá siendo mucho más que una fiesta. Será el recordatorio de que las tradiciones que nacen del pueblo no desaparecen por decreto.Porque el toro bravo no sólo corre por las calles de Pamplona.Y no cabe duda que las cosas no cambian ni las personas, eso me quedó claro mientras veía un partido de España en un rincón taurino de San Juan del Río