Olmo Martínez

Querétaro taurino a través de la historia

En el aire de Querétaro, cuando el sol comienza a declinar y la luz se vuelve ámbar sobre las fachadas de cantera, todavía parece escucharse, si uno afina el oído, el eco lejano de un clarín. Es una ciudad que, como pocas, ha sabido amalgamar su pasado colonial con la estirpe brava de la fiesta taurina. Hablar de Querétaro es, inevitablemente, hablar de la historia de los toros en México, una tradición que aquí no llegó como un invitado, sino como un elemento fundacional de su identidad.

La historia del toreo en Querétaro tiene sus raíces en las celebraciones religiosas y reales de la época virreinal. Aquellos primeros festejos —casi siempre improvisados en la Plaza de Armas, con maderas y carros transformados en burladeros— no buscaban la estética que hoy conocemos, sino el despliegue de valor y la fiesta popular. Fue con el paso de los siglos que la afición queretana dejó de ser espectadora ocasional para convertirse en juez implacable y conocedora. La construcción de plazas formales consolidó esta vocación. Cómo olvidar la vieja Plaza de Colón, inaugurada a finales del siglo XIX, un recinto que vio pasar a las figuras más legendarias de la época de oro. Allí, entre los gritos de una afición entregada, se forjó el carácter de una plaza que siempre ha exigido pureza sobre la arena.

No se puede hablar de la historia taurina queretana sin mencionar a sus ganaderías, verdaderas catedrales de la crianza del toro bravo. Querétaro se convirtió, por mérito propio, en un epicentro de la dehesa mexicana. Tierras como las de La Venta de Ajuchitlán, Xajay o Fernando de la Mora no son solo nombres en un cartel; son el testimonio de un esfuerzo generacional por buscar la bravura, la nobleza y la transmisión. Los ganaderos queretanos entendieron hace mucho que el toreo comienza en el campo. Gracias a su visión, el toro que pisa los ruedos de la región tiene una personalidad propia: suele ser un animal de embestida clara, que exige temple y que permite el lucimiento de aquellos que tienen la técnica necesaria para entender sus condiciones.

Querétaro ha sido, y sigue siendo, un bastión. La Plaza Santa María, inaugurada en 1963, se convirtió en el escenario donde se escribió gran parte de la historia moderna de la tauromaquia en nuestro país. Por su redondel han desfilado desde los maestros españoles que buscaban la conquista de México, hasta los diestros locales que encontraron en esta tierra su segunda casa. La historia de los toros en Querétaro no es una pieza de museo; es una corriente viva que conecta a los aficionados de antaño —aquellos que llenaban los tendidos con sombrero y boina— con las nuevas generaciones que hoy mantienen encendida la llama en los tendidos.

Recordar el pasado taurino de Querétaro es recordar que esta ciudad fue construida con el temple de quienes saben apreciar el riesgo, la estética del movimiento y, sobre todo, el respeto profundo al animal que entrega su vida en el albero. Mientras exista una plaza en pie y un aficionado que espere con ansias el paseíllo, el alma de esta Querétaro brava seguirá estando más viva que nunca.

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