Sevilla no fue testigo solamente de una corrida de toros. Sevilla asistió, una vez más, a uno de esos milagros que de vez en cuando le recuerdan a la Fiesta que todavía puede ser arte, emoción y verdad. El regreso de Morante de la Puebla a la Real Maestranza de Sevilla en el tradicional Domingo de Resurrección tuvo el peso simbólico de las grandes citas: 175 días después de su última comparecencia, aquella del 12 de octubre en Las Ventas, el cigarrero volvió a vestirse de luces para cortar dos orejas y poner a Sevilla en pie.

Y no fue un simple triunfo estadístico. Fue una reaparición con sentido, con relato y con estética. Morante no regresó para cumplir. Regresó para recordarle al toreo que hay toreros capaces de transformar una tarde en un acontecimiento. Si en Madrid se fue por la Puerta Grande tras desorejar un toro, en Sevilla volvió del mismo modo en que solo vuelven los elegidos: con un trofeo grande y con el aire de haber reabierto una puerta emocional que la tauromaquia necesitaba.

La ficha del festejo refuerza el marco de la hazaña. Fue el primer lleno de “no hay billetes” de la temporada en Sevilla. El cartel, de enorme atractivo, lo completaban Roca Rey y David de Miranda, quienes también tocaron pelo con una oreja cada uno. El quinto, también de Garcigrande, fue aplaudido en el arrastre, y la tarde quedó marcada por ese ambiente de acontecimiento grande que solo las plazas históricas saben dar. Hubo, además, una liturgia añadida que terminó de envolver la tarde en un aire solemne. El rey emérito Juan Carlos I presenció el festejo desde el palco de maestrantes y recibió el brindis de los tres espadas en sus primeros toros.

Pero más allá de la crónica puntual, lo verdaderamente importante es lo que significa este regreso. Morante no es solo una figura; es un termómetro espiritual de la tauromaquia. Porque hay tardes de triunfo. Y hay tardes, como la de Sevilla, que parecen una resurrección.

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