En Hidalgo se libra hoy una batalla cultural que va mucho más allá de los toros. Lo que está en discusión no es únicamente una corrida o un cartel taurino; lo que realmente está en juego es la defensa de una tradición profundamente arraigada en la identidad de miles de familias mexicanas. La emblemática Plaza de Toros Plaza de Toros Vicente Segura no es cualquier recinto. Inaugurada en 1978, se ha convertido en uno de los escenarios taurinos más importantes del país y en un símbolo de la afición hidalguense.
Hoy, la fiesta brava enfrenta una fuerte presión política y social en Hidalgo. En semanas recientes se han promovido amparos, protestas y discusiones legislativas para intentar prohibir las corridas de toros en el estado, situación que incluso llevó al aplazamiento de eventos ya programados.
Por supuesto, existe un debate legítimo sobre bienestar animal y sobre el futuro de la tauromaquia. Nadie puede negar que las sociedades evolucionan y que las tradiciones deben dialogar con los nuevos tiempos. Pero también es cierto que resulta profundamente incongruente observar cómo ciertos personajes del espectáculo y artistas que durante años normalizaron la narcocultura, defendieron narcocorridos o incluso convivieron públicamente con figuras ligadas al crimen organizado, hoy quieran presentarse como autoridades morales para intentar cancelar expresiones culturales mexicanas.
La tauromaquia podrá gustar o no, pero jamás ha sido responsable de descomponer el tejido social del país como sí lo hizo la narcocultura que muchos promovieron durante años para ganar dinero, fama y popularidad.
La intolerancia jamás debe convertirse en política pública. Y mucho menos cuando viene impulsada por voces que guardaron silencio, o incluso lucraron frente a expresiones que sí hicieron apología de la violencia.