La presentación de los carteles del Serial Taurino 2026 de la Feria Nacional de San Marcos no es solamente un anuncio de fechas y nombres; es una declaración cultural. En el ruedo de la Plaza de Toros Monumental de Aguascalientes volverán a encontrarse figuras del toreo mundial, ganaderías de peso y una afición que entiende que la tauromaquia no es un espectáculo aislado, sino parte de una identidad colectiva que se ha tejido durante generaciones.

Aguascalientes ha logrado algo que va más allá de reunir toreros importantes: ha consolidado un ritual social. Durante San Marcos, la ciudad gira en torno al toro como eje simbólico. Las conversaciones en cafés, las tertulias nocturnas, la expectativa previa al paseíllo y el análisis posterior a la estocada forman parte de una liturgia compartida. No es casual que cada año el serial marque pauta nacional; es consecuencia de una comunidad que defiende su tradición como patrimonio vivo.

Y es ahí donde, desde Querétaro, sentimos algo más profundo que la simple comparación. Porque nuestra tierra también tiene historia taurina, plazas con solera y afición conocedora. Sin embargo, cuando vemos la dimensión cultural que alcanza San Marcos, no podemos evitar esa punzada de envidia —no mezquina, sino reflexiva— que nos confronta con una pregunta incómoda: ¿hemos sabido convertir nuestra tradición en proyecto cultural de largo aliento?

La grandeza de Aguascalientes no radica solo en la presencia de figuras internacionales o en la cantidad de festejos anunciados, sino en la coherencia entre sociedad, autoridad, empresarios y público. Allí la tauromaquia se defiende en la conversación pública, se celebra en la cotidianidad y se proyecta como parte de su narrativa identitaria. San Marcos no se improvisa: se construye todo el año.

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