La situación en Venezuela es, cuanto menos, delicada. De un momento a otro, la invasión estadounidense cobró forma, siendo veloz y cumpliendo su objetivo sin miramientos. Si bien el resultado fue la remoción de Nicolás Maduro, deseo de muchos en ese país, es criticable la violación fragante de la soberanía venezolana por parte de Washington.
Lo que han hecho los estadounidenses nuevamente deja una marca en las relaciones internacionales. Cuando un país poderoso decide cruzar la línea de la intervención militar, los principios dejan de ser frases decorativas y se convierten en costos políticos reales. La reciente invasión de Estados Unidos (EU) a Venezuela puso a muchos países, entre ellos México, frente a un camino ya conocido: no protestar para proteger la relación bilateral con el gigante norteamericano.
México ha optado por no omitir lo observado por el mundo. Al condenar la intervención y exigir una salida multilateral y pacífica, el gobierno mexicano invocó una tradición diplomática que lo ha caracterizado desde su independencia: la defensa de la soberanía y la no intervención. Es una etapa delicada en el hemisferio, sobre todo por la influencia de Trump, en donde el uso de la fuerza vuelve a normalizarse como una herramienta para conseguir los objetivos de manera sencilla.
Se sabe la crítica hacia México. Muchos dicen que condena a EU, pero al mismo tiempo defiende a un régimen autoritario como el de Maduro. No es tan simple. Rechazar una invasión no equivale a avalar a un gobierno. Nadie puede imponer el destino político de otro país, las naciones deben defender una regla básica del sistema internacional: ningún Estado tiene derecho a derrocar por la fuerza al gobierno de otro. Si no se cuida ese principio, se puede caer en la anarquía.
La postura mexicana resulta ética y congruente a sus principios, y adicionalmente es estratégica. América Latina tiene una memoria larga de intervenciones que prometieron estabilidad y dejaron fragmentación, violencia y dependencia. Aplaudir una acción militar hoy puede parecer pragmático; mañana puede sentar un precedente que termine por alcanzarnos. Para México, que comparte frontera con la mayor potencia militar del mundo, la defensa del derecho internacional no es idealismo, sino autoprotección.
En este panorama, un reto significativo trasciende el pronunciamiento mexicano. Si México quiere que su postura tenga peso, debe acompañarla con acción diplomática: impulsar mediación real, activar foros multilaterales, coordinar esfuerzos humanitarios y evitar que la crisis venezolana derive en más migración forzada y desestabilización regional. Sin embargo, no parece que esto pueda tener eco en el mundo, sobre todo porque muchas naciones han guardado silencio.
En un mundo donde la fuerza vuelve a imponerse sobre las normas, México recuerda que el orden internacional se sostiene por la defensa consistente de sus reglas. No es una posición cómoda ni popular en todos los círculos, pero sí preserva algo esencial: la idea de que la soberanía no se negocia al ritmo de los cañones. En tiempos de invasiones, esa convicción es, quizá, la forma más responsable de ejercer la diplomacia.

