De nueva cuenta en este 2026 hemos presenciado un acto más de la actual hegemonía mundial que nos aleja de aquel sistema basado en reglas que presuntamente se instauró tras la Segunda Guerra Mundial y que buscaba derribar tiranías y gobiernos imperialistas y dictatoriales. Esa idea sólo fue un espejismo.

La escalada militar entre Estados Unidos de América (EUA), Israel e Irán vuelve a colocar a México frente a una prueba incómoda, pero necesaria para redefinir su posición en el globo y su relación con su vecino del norte. Lo que ocurre en Medio Oriente no es un asunto aislado, sino que sus efectos atraviesan mercados energéticos, equilibrios diplomáticos y alianzas estratégicas que también impactan a nuestro país y en la región latinoamericana.

México ha sostenido durante décadas los principios de no intervención, autodeterminación de los pueblos y solución pacífica de controversias. Hay que recordar que la Doctrina Estrada fue diseñada como una postura de defensa de la soberanía y del derecho internacional frente a presiones externas. Desde tal convicción, cualquier ataque unilateral debería analizarse con cautela y, sobre todo, con apego a la legalidad internacional, no bajo la narrativa de alguien y sus limitados argumentos.

Pero la realidad política impone matices. La relación con Washington no es únicamente diplomática, sino estructural. Comercio, migración, seguridad y cadenas de suministro vinculan a México y EUA de manera profunda, por lo que una condena frontal podría tensar una relación estratégica en múltiples frentes. Sin embargo, la prudencia no puede traducirse en silencio absoluto, porque omitir también significa dar una postura que, en este contexto, sería equivocada.

Israel sostiene que sus acciones responden a amenazas directas y a la necesidad de frenar riesgos mayores. Por su lado, Irán denuncia agresiones que vulneran su soberanía. Entre ambas narrativas, el derecho internacional y la protección de la población civil deberían ser el eje rector, pero lamentablemente no es el caso, sobre todo por la mano dura de la Casa Blanca que no sigue las reglas que una vez señaló que debería regir el sistema internacional.

México debería, pero no necesita alinearse incondicionalmente con ninguna de las partes para fijar postura. Lo que sí es indispensable es reafirmar su compromiso con el multilateralismo y exigir el cese inmediato de hostilidades, el respeto a la soberanía y la apertura de canales diplomáticos.

En foros internacionales, la voz mexicana puede insistir en que la seguridad no se construye a partir de bombardeos, sino de acuerdos verificables y diálogo sostenido.

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