Las tensiones entre México y Estados Unidos de América (EUA) han crecido en las últimas semanas, producto de la negociación del acuerdo comercial que liga a las economías de América del Norte, conocido como T-MEC. Mientras que el gobierno de nuestro país busca conservar condiciones accesibles para el comercio regional, Washington ha amenazado con desplazar el espíritu del tratado y establecer aranceles, como una forma de presión para la administración presidencial mexicana. ¿Qué impactos genera esta situación?
Si bien la mandataria mexicana ha enfatizado constantemente en sus discursos refiriéndose a EUA de la necesidad de mantener "una condición preferencial" para nuestro país frente al resto del mundo, la amenaza de aranceles provenientes de nuestro vecino del norte se vuelven una realidad potencial de gran peso. Claramente es una aspiración legítima, puesto que el T-MEC propicia el intercambio de productos y servicios sin cuotas o aranceles, permitiendo una integración regional significativa entre las tres naciones involucradas.
Sin embargo, conviene no confundir una excepción parcial con una protección real. Lo que revela la nueva ronda arancelaria de Washington, es decir, el 10% que ahora pagan los envíos mexicanos fuera del tratado, es que la excepción se erosiona por goteo, arancel a arancel, sector a sector, y que ese goteo puede convertirse en norma si México no cambia el marco de la conversación. De esta manera, la afectación hacia los productos mexicanos no es tan alta, pero se deben cuidar estas cuotas para evitar una descompensación en el comercio internacional de nuestro país.
Pero es difícil negociar con un titán como lo es EUA y, más aún, con un empresario sagaz y sin escrúpulos, como lo es Donald Trump. Aunado a esto, la dependencia del comercio con nuestro vecino del norte, que es del 80% de nuestras exportaciones, complejiza los instrumentos con los que contamos para poder dialogar con los pares estadounidenses. En este contexto, es importantísima la correcta negociación con el equipo de las barras y las estrellas. Dadas las condiciones del panorama actual, hay que recordar que se negocia, no para ganar terreno, sino para no perderlo.
Entonces, retomando la idea anterior, el verdadero campo de batalla, sin embargo, no es el arancel del 10%, sino la revisión de las reglas de origen dentro del TMEC. Ahí se juega algo más profundo que un porcentaje de cuotas, ahí se decide si México sigue siendo la plataforma manufacturera preferida de Norteamérica o si se convierte en un simple punto de tránsito cuyo valor agregado real, lo que haría reducirse su capacidad de negociación frente a Washington.
Es cierto, Sheinbaum tiene razón al insistir en que esas reglas deben pensarse en clave regional y no como un instrumento para forzar compras de insumos estadounidenses. El problema es que esa visión regional, tan sensata en el papel, choca con la lógica que ha guiado a la Casa Blanca desde el arancel universal del 10%: Trump no negocia integración, negocia déficits. Mientras México siga leyendo esta relación como un proyecto de prosperidad compartida y Washington la lea como una cuenta de resultados a corregir, ambos gobiernos seguirán discutiendo en idiomas distintos.
Niels Rosas Valdez
Historiador e internacionalista
@NielsRosasV (X)