Fue apenas el sábado 3 de enero que el mundo observó su primera crisis internacional del año. El presidente Donald Trump había sido muy claro con su posición de llevar a Nicolás Maduro a la justicia del país de las barras y las estrellas. ¿La razón? La presunta actividad de narcoterrorismo que dirigía hacia EU.
Mientras que el exlíder venezolano se encuentra en Nueva York esperando encontrarse con la justicia, una parte inmensa de la población de su país reboza en júbilo al deshacerse del segundo dictador que ha tenido en un plazo de dos décadas. Fuera de Venezuela esta alegría se comparte, pero persisten dudas, preocupaciones y quejas de lo que sucedió y de lo que sucedería para el país latinoamericano.
Una de las dudas es por qué sucedió ahora, es decir, desde hace años que Washington ha señalado a Maduro como uno de los responsables centrales del narcotráfico en EU, pero no se hacía nada al respecto. No es que Barack Obama, o Joe Biden, o el mismo Trump —en su primer periodo— no hayan querido hacer algo, pero quizá no existían las condiciones para ello, sobre todo considerando la cercanía de Venezuela con Rusia y China en un segundo plano.
Curiosamente, cabe destacar aquí que la narrativa trumpista contra Maduro finalmente se tradujo en acciones poco después de la reunión en Alaska el año pasado entre el presidente Trump y su similar ruso Vladimir Putin. Tras el encuentro, la movilización militar y naval de EU contra Venezuela fue real, instalándose en las aguas cercanas al país sudamericano con la intención de controlar las vías de escape del mandatario venezolano y de sus buques petroleros.
Por otro lado, la preocupación se centra en qué pasará con Venezuela y su gente. Su gobierno está ahora bajo el encargo de Delcy Rodríguez, quien seguramente no lo absorberá del todo por falta de legitimidad ante el pueblo venezolano y el mundo. Entonces, ¿qué negociación se realizará entre las partes? ¿Impondrá la Casa Blanca un nuevo gobierno?, ¿obligará a que se convoquen a elecciones para legitimar a los verdaderos vencedores de las pasadas elecciones?, o bien, ¿negociará con el grupo político chavista-madurista para establecer una administración más afín a, o tutelada por Washington? Son incógnitas que esperemos develar pronto.
Finalmente, la queja es evidente. Muchos, dentro y fuera de Venezuela, pedían con gran ahínco la salida de Maduro y están felices de que ya no dirija al país. Pero la forma es fondo. Lo que hizo Estados Unidos es, nuevamente para variar, una flagrante violación a las relaciones internacionales entre naciones. Trump violó el derecho internacional con la intervención militar en un estado libre y soberano. ¿Qué dicen los estados y las organizaciones intergubernamentales en el globo? No mucho.

