El mensaje del canciller Roberto Velasco ante la Asamblea General de la ONU fue clave para recordar de la necesidad del diálogo y el seguimiento de las reglas para una coexistencia pacífica en el globo. Pareciera obvio, pero lo cierto es que en el mundo actual, retomar esos puntos básicos de las relaciones internacionales es indispensable, sobre todo como un mensaje para aquellas potencias con grandes capacidades que suelen doblar las reglas y evitan cumplir con el derecho internacional.
Velasco apuntó que la soberanía no se mide en ejércitos ni en recursos materiales, y todas las naciones, todos los pueblos, valen lo mismo ante el derecho. No es mero discurso diplomático el del canciller mexicano, sino una postura. En el mundo actual en el que los países terminan por hacer lo que prefieren en vez de apegarse a los lineamientos legales a los que se adscribieron, la defensa de un sistema basado en reglas cobra mayor importancia.
Asimismo, reconoció que la ONU enfrenta un reto de enorme magnitud para cumplir su mandato fundacional y reclamó una reforma de fondo. Un Consejo de Seguridad paralizado por los vetos, resoluciones que se incumplen sin consecuencias y una arquitectura que refleja el mundo de 1945 minan la legitimidad de las reglas. Por ello, defender el multilateralismo hoy exige, precisamente, usar los foros globales para seguir convocando a la comunidad internacional al diálogo y cooperación.
Los retos que definen esta época, desde el crimen transnacional y las migraciones, hasta el cambio climático y la salud, no reconocen fronteras. Ningún Estado, por poderoso que sea, los resuelve solo. Por ende, la cooperación es esencial entre las naciones, pero debe dirigirse en todos los sentidos, incluyendo en la defensa y respeto a la soberanía de los países.
México ha aplicado este criterio en su postura con Palestina, en el rechazo al bloqueo contra Cuba o en la defensa de la integridad territorial de las naciones, sin importar el caso. Ahí está el punto central, un sistema basado en reglas solo sobrevive si las reglas valen igual para el grande que para el pequeño, para el aliado que para el adversario. Cuando la excepción se vuelve costumbre, lo que queda no es un orden, sino una jerarquía en la que los poderosos logran imponerse y sobrevivir a costa de los desprotegidos.
México no tiene poder coercitivo para hacerse valer en el globo, sino una tradición diplomática respetada, principios escritos y la capacidad de hablar en nombre de muchos países que piensan lo mismo y callan. Esa es su influencia real en el sistema internacional. No obstante, más allá del valor de esa postura y esa convicción en mantener la cooperación entre las naciones y apegarse al derecho internacional, la credibilidad de un país está ligada a su realidad interna.
Si, por ejemplo, un país predica en los foros internacionales de la necesidad de fortalecer la cooperación medioambiental, pero internamente no es un asunto prioritario y, en cambio, lo desestima; sus palabras no serán tomadas en serio y perderá legitimidad en el tema. Ese es, lamentablemente, el problema con México. Hacia el exterior señala la importancia del Estado de derecho, de la seguridad y de la cooperación, pero al interior, no son asuntos que le gobierno en turno le preocupen. La defensa requiere sustento, de otra manera, son simples palabras sin peso ni valor.
Niels Rosas Valdez
Historiador e internacionalista
@NielsRosasV (X)