Los resultados de PISA ya fueron publicados y ahora nos queda analizarlos. Se han generado varias reacciones, como la de la administración en turno, que ha explicado por qué la prueba no era el instrumento adecuado para medirnos, como ha sucedido en otros periodos. ¿Qué impactos trae consigo esta situación?
Cuando la OCDE publicó los resultados de 2025, con México cayendo a su peor nivel en matemáticas desde 2006 y retrocediendo en lectura a cifras de 2005, la presidenta Claudia Sheinbaum optó por un ejercicio de selección cuidadosa. En vez de asumir responsabilidad, cuestionó la metodología, restó peso a las cifras más duras y se apropió con entusiasmo de los pocos datos que sí le convenían.
La contradicción es difícil de ignorar. No se puede sostener, en la misma conferencia, que una prueba está mal aplicada y que por eso sus resultados negativos no cuentan del todo, para después citarla como fuente de autoridad cuando dice algo halagador. Si la prueba PISA no sirve para medir con justicia las "realidades distintas" de los países, como argumentó la mandataria, entonces tampoco debería servir para presumir que las escuelas públicas mexicanas superan a las privadas, o que los profesores del país están más comprometidos que el promedio de la OCDE. No se puede desconfiar del árbitro y luego celebrar los aspectos positivos.
Es cierto que PISA es una fotografía parcial, puesto que compara sistemas educativos con niveles de inversión, infraestructura y contextos socioeconómicos radicalmente distintos. Reducir la calidad educativa de un país a un puntaje puede ocultar más de lo que revela. También merece reconocerse que México logró que participara un grupo más amplio y diverso de estudiantes que en ediciones anteriores, permitiendo una visión más aproximada del panorama real. Ese tipo de matices importa, es cierto, pero también lo es reconocer lo positivo y negativo de todo el escenario, no sólo lo que conviene.
El problema no es que el gobierno señale los claroscuros del informe, sino el orden de prioridades. En vez de defender el honor del sistema, lo valioso habría sido explicar qué se hará para revertir un declive que ya lleva casi dos décadas. La caída ya era visible en 2018 y en 2022, mucho antes de que esta administración llegara al poder, lo que debería quitarle filo partidista al diagnóstico y convertirlo en una tarea de Estado.
Reconocer un problema no es un acto de debilidad política, sino la condición mínima para resolverlo. Celebrar el compromiso de los maestros mexicanos es válido y necesario, porque a mucha gente le importa que le vaya bien a México y a su población. Pero ese mismo compromiso docente, mal aprovechado por políticas públicas insuficientes, currículos débiles o falta de infraestructura (como la falta de espacios adecuados, o de una herramienta tan básica como es el internet hoy en día), no basta para sostener un sistema educativo. La pregunta que debería ocupar la conversación pública no es si PISA mide bien o mal, sino qué va a hacer México, más allá de un libro de texto adicional, para que en 2028 no volvamos a tener esta misma discusión y que el gobierno en turno no vaya a volver a mirar a otro lado.
Niels Rosas Valdez
Historiador e internacionalista
@NielsRosasV (X)