Nayeli Rosas

José Antonio Corona y la pintura como experiencia filosófica

Hay talentos que pasan de generación en generación, que, aunque nadie pueda tener exactamente la mirada de otro, se hereda; quizá la curiosidad de querer sentir esa necesidad de observar el mundo con mayor detenimiento. El talento puede estar en la familia y tarde o temprano cada artista tiene que descubrir qué hacer con ese don que recibió.

Esta semana tuve el gusto de conversar con José Antonio Corona, uno de nuestros residentes en la Fundación Aldhebarán; Arquitecto de profesión y artista plástico por elección, quien nos comparte que su gusto por el arte fue creciendo de manera natural, José pertenece además a esa generación de artistas mexicanos que ha encontrado en la formación internacional una manera de cuestionar, más que de repetir, lo aprendido y es por eso que se va al viejo continente, para practicar su técnica para replicar obras de los clásicos.

Y es que, aunque su historia comienza, curiosamente, entre catedrales. Su fascinación por la arquitectura religiosa lo llevó a interesarse cada vez más por la historia del arte. Mientras estudiaba arquitectura, en 2021, comenzó a sentir que los planos no eran suficientes para contener todo aquello que quería explorar. Fue entonces cuando, con ayuda de su hermana, llegó al taller de su tío, el artista toluqueño Antonio Mañon. Ahí apareció una posibilidad que, de alguna manera, ya estaba latente: cambiar los planos por los pinceles y encontrar en el carbón otra forma de construir.

Porque quizá esa sea una de las coincidencias más interesantes entre la arquitectura y la pintura: ambas parten de la estructura, pero una estructura no siempre necesita muros.

Antes de viajar a Barcelona, alquiló la Casa Versalles, en la colonia Roma, donde realizó su primera exposición individual. A su regreso presentó su trabajo en Metepec, su lugar de origen, en el Museo del Barro, y posteriormente participó en una exposición colectiva en Galería Fundadores.

Su formación en la Barcelona Academy fue determinante. Ese mismo año descubrió “Crime and Refuge”, de Odd Nerdrum, y encontró en la obra y en el pensamiento del artista noruego algo que iba más allá de una determinada manera de pintar. Nerdrum representaba para él la posibilidad de entender la pintura como una experiencia filosófica, como una forma de enfrentarse al tiempo, a la existencia y a la condición humana.

José sabía que Jordi Díaz, artista español, y maestro de la academia, había sido alumno de Nerdrum, por lo que habla con él para prepararse con disciplina: estudiar, copiar, observar y, sobre todo, aprender a mirar de la manera barroca contemporánea que exigía el poder ser aceptado en la escuela de Nerdrum.Hay algo importante en este proceso. No se trataba simplemente de aprender una técnica. Una escuela puede enseñarte a mezclar pigmentos, construir una figura o comprender una composición; lo verdaderamente difícil para Corona era, en un principio, el de aprender a mirar de otra manera.

Y eso fue precisamente lo que encontró cuando llegó a Noruega. Durante dos meses compartió el espacio de la escuela de Nerdrum con artistas de Chipre, Nueva Zelanda, Estados Unidos y otros lugares del mundo. Dos mexicanos más coincidieron con él durante su estancia, entre ellos Montserrat Moreno, artista queretana y también residente en Aldhebarán. En ese contexto, el idioma dejó de ser una barrera. El lenguaje era la pintura.

La experiencia de José resulta interesante porque llegó sin una influencia pictórica completamente definida. Esa aparente ausencia de referentes terminó convirtiéndose en una ventaja: podía absorber y experimentar sin tener que defender previamente una identidad artística.

La inmersión fue total. La música clásica, la literatura noruega y el paisaje terminaron formando parte de una experiencia que no se limita al estudio del cuadro. Incluso la lectura de “Kristin Lavransdatter”, de Sigrid Undset, le permitió aproximarse a una sensibilidad cultural distinta y comprender que también existe una relación entre la pintura y la manera en que una sociedad entiende el tiempo, la memoria y la existencia.

Ahí aparece uno de los aprendizajes que más le marcaron: comprender que las vivencias son irrepetibles y que, precisamente por eso, deben ser habitadas.

“Si tienes prisa, no vas a disfrutar la pintura; necesitas presencia”, me dijo.

La frase podría parecer sencilla, pero encierra una de las dificultades fundamentales de la pintura contemporánea: aprender a detenerse.

Vivimos en una época que privilegia la velocidad, la producción inmediata y la imagen que debe consumirse en segundos. Frente a ello, pintar exige exactamente lo contrario. Obliga a permanecer. A mirar una misma figura durante horas. A aceptar que un cuadro no siempre revela sus secretos en la primera mirada y que cada uno de los símbolos iconográficos que José pone en cada uno de sus cuadros refleja una búsqueda interior que está por descifrar como el gusto que tiene ahora por las aldabas de las puertas.

Y quizá por eso la pintura de José busca más que representar una escena, busca construir una experiencia, para que, cuando una persona mire su obra lo perciba como un espacio de convivencia y la observe en una obra maestra, donde la pintura se habite y de esa forma se contemple poco a poco la narrativa del artista.

La siguiente semana Corona, estará impartiendo un taller de realismo con la técnica aprendida en la escuela noruega en San Miguel de Allende; vale la pena seguirle la pista a este joven artista de Metepec, Estado de México; ya que regresando de allá estará de manera indefinida trabajando en su taller un nuevo proyecto pictórico en nuestro estado.

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