En muchas ocasiones hemos visto que, dentro de casonas, ranchos antiguos, iglesias o incluso en las muestras permanentes de los museos, obras pictóricas y esculturas que se encuentran en estado de deterioro, a veces, como simples espectadores, pasamos por alto detalles como el deterioro o una rasgadura en un cuadro, ocasionando que la imagen se vea oscura y en mal estado, como por ejemplo, en una obra del siglo XVIII, que podría apreciarse con una buena restauración como nueva.

Pequeños detalles como conocer el nombre del autor, llegan a ser un verdadero reto, porque a veces no se logra apreciar por varias situaciones, como puede ser la época en la que se realizó el cuadro y que no se acostumbraba a firmar las obras, otras más, porque con el pasar de los años la firma va perdiendo nitidez, o porque se volvió a enmarcar y con ello se vio afectada la firma y se cortó una parte o toda la firma del autor.

Desde hace 40 años, en nuestro estado, existe una carrera universitaria encargada de hacer que el pasar del tiempo en una obra pictórica no se note, y que, al contrario, estas obras de grandes artistas, logren mantenerse vivas.

Alguno de los daños más comunes que puede presentar un cuadro, es el generado por estar colgado en una pared donde se genera mucha humedad, que en muchas ocasiones pasa desapercibido, hasta que llega un restaurador y detecta que ese espacio le está generando hongo a la obra del artista, afectando su trabajo y que si bien le va, cambiándolo de lugar puede mejorar o bien, además de hongo, el cuadro ya ha sido afectado por la picadura de algún insecto o ave, así como pipí de murciélago y por ende esto le provoca deterioro a la imagen del cuadro.

Cuando eso pasa, los restauradores, realizan primero un diagnóstico de obra, que consiste en realizar una ficha técnica, seguido de un registro fotográfico, para conocer a fondo el deterioro de la obra y con ello empiezan a trabajar para quitar, la polilla, suciedad o la abrasión, según sea el caso de la zona afectada y se comienza a proteger a través de una hidratación gota por gota a la pieza, lo cual ayuda a evitar que se sigan borrando las capas pictóricas, y así se comienza a restaurar.

Hace poco fui testigo de ello. Me tocó ver a un grupo de estudiantes de restauración de la facultad de Artes de Querétaro, quienes se enfrentaron a un trabajo que les llevó alrededor de ocho meses. El reto fue trabajar una pintura del artista F. Laquesne, su pintura titulada “Banquete romano”.

La problemática a la que se enfrentaron Samantha, Alexia y Mildred, primero fue la de despegar la parafina del soporte de lino, después, quitar la pintura vinílica, realizándole una limpieza con gasolina blanca, para quitarle el exceso de sustancia. Ellas comentaban que el reto más grande al que se enfrentaron fue el de la reintegración cromática y quitar con bisturí la parafina.

La obra medía 2.81 m x 1.30 m de ancho; cubrir cada detalle, ser muy minuciosas para dejar una pintura con más color, no fue tarea fácil, pues a veces, si no se cuenta con información del artista a restaurar, la labor puede volverse un reto todavía mayor, pero al final, estos trabajos tan detallados y bien llevados, dejan una sensación de querer tener mayores retos para restaurar obras de todo tipo de obras no solo de artistas, no sólo pictóricos y escultóricos, sino también de monumentos históricos que vale la pena seguir restaurando para no perder su color en la historia de las artes.

Aprender con obra original, siempre dará mucha satisfacción, tanto al inicio como al final, porque sólo así aprende a valorar el paso del tiempo, además de todos los factores que pueden ayudar a que se diluya una parte de nuestra historia, por eso quiero reconocer a todos los restauradores por invaluable aportación en la conservación de los recintos estratégicos que forman parte de nuestra historia.

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