A pocos meses del inicio del Mundial 2026, quisiera compartir que, aunque conozco a pocos artistas que han abordado explícitamente el tema del futbol en sus obras, he sido testigo que en muchas ocasiones la pasión futbolera no va tan de la mano con los artistas plásticos. Sin embargo, antes de emitir un juicio, considero pertinente mencionar algunos lugares y artistas que han trabajado el futbol ya sea por afición, admiración o controversia, tomando como eje a ciertos jugadores o fenómenos deportivos.

Un ejemplo emblemático es la icónica Serie de Pelé —Edson Arantes do Nascimento— realizada por Andy Warhol durante el Mundial de 1978 en Argentina. Warhol pintó esta serie por interés personal, destacando la figura del futbolista brasileño como un ícono global mediante su inconfundible técnica de pop art. Con ello, no sólo retrató al deportista, sino que magnificó su imagen, consolidándose desde entonces como uno de los grandes símbolos históricos del futbol.

En 1990, en Nápoles, el artista Mario Filardi —movido por su fanatismo— pintó el rostro icónico de Diego Armando Maradona en los Quartieri Spagnoli. Esta obra, profundamente arraigada al contexto popular de la ciudad, fue restaurada en 2016 por los artistas Salvatore Lodice y Bosoletti, reafirmando su valor simbólico y social.

Desde una postura más crítica se encuentra el trabajo de Marek Wolfryd y Marco Aviña, un dúo de jóvenes artistas que, mediante un diálogo performático, exploraron distintas formas de percibir a un equipo de futbol y cómo esa percepción varía según el contexto social en el que se inscribe. Su ejercicio evidenció cómo el ego, el orgullo y la identidad colectiva se transforman dependiendo del círculo que observa y juzga.

Aunque su crítica se centró específicamente en el “Club América”, el planteamiento puede extrapolarse al ámbito artístico. En el arte contemporáneo, volverse visible, conocido o viral —especialmente a través de las redes sociales— suele inflar el ego del artista dentro del gremio, generando aplausos, tensiones, envidias e incluso “hate” entre pares. De manera paralela, este mismo fenómeno ocurre en el futbol, donde la popularidad de un jugador o equipo provoca tanto admiración desmedida como rechazo frontal.

Así, lo que hoy sucede en el arte contemporáneo puede entenderse como un fenómeno social similar al del futbol: ambos se estructuran alrededor de ídolos mediáticos, marcados por la arrogancia, la fama y la confrontación simbólica. Nos guste o no el futbol —y en especial ante la inminencia de la Copa del Mundo que inicia el 11 de junio—, analizarlo desde esta perspectiva permite reconocer una dinámica compartida: la tensión entre el fan y el especialista.

Por un lado, están el futbolista y el artista; por el otro, el espectador que, desde el fanatismo, defiende a su héroe —ya sea deportivo o cultural—. Esta relación abre la posibilidad de reflexionar sobre el amor y el odio que despiertan ambas figuras. Más allá de si se sitúan en un plano intelectual o popular, ambos persiguen objetivos similares: ser vistos, alcanzar reconocimiento y generar riqueza y mucha popularidad.

En este cruce entre arte y futbol, sólo cuando el artista es también fan puede dejar una huella perdurable a través de su obra. En sentido inverso, son pocos los casos de futbolistas vinculados directamente al arte, siendo Sergio Ramos —exjugador del Real Madrid y de la selección española— uno de los ejemplos más conocidos como coleccionista.

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