Imagina esta escena; una pareja llega al borde de un acantilado después de caminar casi una hora. Frente a ellos se abre un paisaje espectacular: el mar, el viento y un atardecer imposible de repetir. Sin embargo, no se abrazan, no contemplan el horizonte y ni siquiera intercambian una palabra. Durante los siguientes veinte minutos acomodan el celular, cambian de pose una y otra vez, graban videos, repiten tomas y revisan cuál filtro favorece más el color del cielo. Cuando finalmente guardan el teléfono, el sol ya se escondió. La escena quizá parezca exagerada, pero no me dejarán mentir que cada vez es más común. Y nos obliga a preguntarnos algo que hace apenas unos años habría parecido absurdo: ¿seguimos viajando para descubrir el mundo o comenzamos a viajar para demostrar que estuvimos ahí? Durante décadas decidíamos nuestras vacaciones por recomendaciones de familiares, agencias de viajes o por alguna revista. Hoy, el destino lo elige el algoritmo. TikTok, Instagram, YouTube o Facebook nos muestran playas secretas, cafeterías "imperdibles", hoteles con piscinas infinitas y destinos que, después de hacerse virales, reciben miles de visitantes de un día para otro. Indudablemente, el fenómeno ha transformado la industria turística. La tecnología ha democratizado la inspiración para viajar. Hoy conocemos lugares que antes jamás habríamos imaginado visitar. Y desde luego, nuestra relación con los viajes ha cambiado. Ya no sólo decidimos a dónde ir. También decidimos cómo queremos que los demás nos vean cuando estemos ahí. La economía de las redes sociales funciona con atención. Cuanto más llamativa sea una fotografía, más posibilidades tiene de generar interacción. Y, sin darnos cuenta, muchos terminamos adaptando nuestras vacaciones a esa lógica: buscamos el café que todos fotografían, el columpio sobre el mar, la terraza con la vista perfecta, el mural de moda o el restaurante donde la fila parece garantizar que la experiencia vale la pena.
Queridos lectores, a mi parecer, el problema aparece cuando el viaje deja de ser nuestro. Cuando elegimos un destino únicamente porque "se ve bien" en redes. Cuando la primera preocupación al llegar es encontrar señal de internet. Cuando un platillo se enfría porque primero debe ser fotografiado desde todos los ángulos. Cuando un concierto se observa a través de la pantalla del celular. Cuando un paisaje se contempla únicamente mientras buscamos el filtro correcto. Entonces surge una pregunta mucho más profunda. ¿Estamos coleccionando experiencias... o contenido?
Créanme, ninguna fotografía, por espectacular que sea, puede capturar las sensaciónes. Los recuerdos tienen aroma, tienen sabor. Saben al platillo que nunca habíamos probado y terminó convirtiéndose en el favorito del viaje. Los recuerdos también tienen sonido. La música de una fiesta patronal, las campanas de un pueblo, las risas compartidas durante una caminata o la conversación espontánea con alguien que probablemente nunca volveremos a ver. Pero, sobre todo, los recuerdos tienen emociones.
No pretendamos que quienes ven nuestras redes crean que siempre elegimos los destinos más caros, que nunca hacemos filas, que jamás nos enojamos estando de vacaciones, que no nos frustramos. Porque la vida no es perfecta, la vida tiene contrastes, pero justo por ello, es ¡espectacular! ¡Sigan disfrutando su viaje!
Periodista y conductora
Premio Internacional de Periodismo Turístico 2022
Otorgado por la OMPT
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