Que Querétaro haya sido señalado por The New York Times en su prestigiada lista “52 Places to Go in 2026” como uno de los destinos imperdibles de este año, no es un simple elogio turístico: es la confirmación de que una ciudad puede reinventarse sin perder su esencia.
Hoy, más que nunca, el estado vive un momento en el que historia, gastronomía, vino y cultura se entrelazan para proyectarse al mundo como una experiencia contemporánea, sofisticada y profundamente mexicana.
Lo interesante de este reconocimiento es que no llegó por casualidad. Querétaro entendió antes que muchos otros destinos que el viajero actual ya no busca únicamente “ver” un lugar, sino sentirlo, probarlo y vivirlo. Su Centro Histórico conserva esa majestuosidad colonial que enamora desde el primer recorrido entre plazas, casonas y arcos, pero alrededor de esa herencia se ha construido una nueva narrativa: hoteles boutique instalados en antiguas fábricas, cervecerías artesanales, restaurantes de autor y una región vitivinícola que hoy compite con las mejores del país.
Querétaro dejó de ser únicamente una postal hermosa para convertirse en un destino que se vive con todos los sentidos. Entre los grandes ejemplos se encuentra una de sus apuestas más inteligentes y poderosas, la Ruta del Arte, Queso y Vino, una gran vitrina que nos proyecta al mundo con el Festival Internacional en Tequisquiapan, que, por cierto, este año celebra su 50 aniversario.
El nombramiento refuerza una realidad que ya venía creciendo: pues el estado no solo recibe cada vez más turistas internacionales, sino que también se ha convertido en hogar de una comunidad extranjera cada vez más amplia y diversa. Hoy viven en Querétaro más de 36 mil 900 residentes extranjeros, provenientes principalmente de países como Estados Unidos, Venezuela, Colombia, Japón, España, India y Corea del Sur. Esa mezcla multicultural también se refleja en el turismo: tan solo el Festival de Comunidades Extranjeras reúne a más de 50 países.
Sin duda, este reconocimiento tiene una resonancia especial. No premia únicamente lo que Querétaro fue, sino lo que representa en el mapa del turismo que viene: destinos con alma, con narrativa propia y con la capacidad de ofrecer experiencias que permanecen en la memoria más allá de la fotografía. En un tiempo saturado de lugares espectaculares pero intercambiables, la autenticidad se ha vuelto el verdadero lujo, y Querétaro hoy lo ofrece con una elegancia difícil de replicar.
Queridos lectores, desde mi perspectiva, Querétaro ha ido paso a pasito, pero justo ahí reside el verdadero mérito. Mientras otros destinos se esfuerzan por parecer modernos, Querétaro ha dominado una fórmula difícil: modernizarse sin traicionar su esencia. Su historia sigue ahí, intacta y orgullosa, pero ahora dialoga con una nueva generación de viajeros que valora lo auténtico tanto como lo instagrameable, lo tradicional tanto como lo innovador. Al final, ser un destino imperdible no significa solo estar en una lista prestigiosa. Significa haber construido razones suficientes para que el viajero sienta que, si no lo visita ahora, se está perdiendo uno de los momentos más vibrantes de la evolución turística de México. Porque Querétaro no está viviendo una moda ni un golpe de suerte: está consolidando una época. ¿Ustedes que opinan?