Así como leen, el mundo nunca deja de sorprendernos, pues cada vez suceden cosas poco probables e increíbles y es que, en la noche del pasado 11 de noviembre, México vivió un fenómeno tan inusual como fascinante: la aparición de auroras boreales visibles a simple vista en varios estados del país. Desde Chihuahua hasta algunos puntos de Zacatecas, Nuevo León, Durango, Sonora y Baja California, los cielos se tiñeron de tonos púrpuras, verdes y rojizos, dejando a miles de personas con la mirada fija en un espectáculo que siempre nos despierta ese espíritu viajero que muchos llevamos en el corazón, ya que normalmente solo se aprecia en regiones cercanas al Círculo Polar Ártico. Lo ocurrido fue consecuencia de una intensa actividad solar. El Sol, en su ciclo número 25, expulsó una gran eyección de masa coronal, una nube de partículas cargadas, tras una llamarada solar de clase X. A hora la que viajó fue la corriente de energía hacia la Tierra y, al chocar con la magnetosfera, el escudo magnético que rodea al planeta provocó una tormenta geomagnética de categoría G4, una de las más potentes registradas en los últimos años, y provocó que el campo magnético terrestre, el llamado “óvalo auroral” se viera tan perturbado que se expandió hacia el sur, trayendo sorprendentemente hasta México las tan anheladas auroras boreales habitualmente confinadas a las regiones polares como Noruega, Suecia, Finlandia, Islandia, Canadá o Alaska. Ahora bien, aunque la visión de luces danzando en el cielo mexicano pueda parecer mágica, detrás de su belleza existe una advertencia científica. Las auroras, por sí mismas, no representan ningún peligro para la salud humana; no emiten radiación dañina ni alteran las condiciones atmosféricas a nivel del suelo. Pero las tormentas solares que las originan sí pueden afectar la tecnología moderna. La energía liberada puede alterar las comunicaciones por radio, afectar el funcionamiento de los satélites, distorsionar las señales GPS e incluso provocar fluctuaciones en las redes eléctricas. En países de latitudes altas ya se han registrado apagones temporales durante episodios de alta actividad solar. En México, por fortuna, los sistemas no reportaron daños graves, aunque las autoridades científicas recomendaron mantener la vigilancia ante posibles alteraciones.
Queridos lectores, según los especialistas de la UNAM, un evento de esta magnitud solo ocurre en promedio cada 30 años en latitudes como la nuestra, coincidiendo con los picos de actividad solar que se repiten cada once años. Este fenómeno, lejos de ser motivo de alarma, nos invita a reflexionar sobre la poderosa relación que existe entre el Sol y nuestro planeta. Nos recuerda que la Tierra, con toda su tecnología y civilización, sigue siendo vulnerable a los caprichos del cosmos. La aparición de auroras en el cielo mexicano fue una señal de que el espacio exterior no es un entorno lejano ni ajeno: estamos inmersos en él, conectados por un hilo invisible de energía y magnetismo. Mientras tanto, en otras regiones del mundo, el espectáculo continuará. Las auroras boreales seguirán iluminando las noches de Islandia, Noruega, Finlandia o Canadá, y las auroras australes harán lo propio en el hemisferio sur, sobre los cielos de Chile y Nueva Zelanda. En México, tal vez pasen décadas antes de que volvamos a presenciar algo semejante. Por eso, quienes tuvieron la suerte de ver aquellas luces fugaces fueron testigos de un momento histórico: una danza de partículas solares que viajó millones de kilómetros para recordarnos, con un parpadeo de color, que el universo sigue vivo, impredecible y magnífico.
Periodista y conductora
Premio Internacional de Periodismo Turístico 2022
Otorgado por la OMPT
Instagram @NatividadSancheB

