Natividad Sánchez

FOMO; ¿Viajar se volvió una obligación social?

Antes viajar era un lujo; ahora parece un requisito. Quien no viaja pareciera que “se está perdiendo la vida”. Y es que hay una nueva pregunta que domina algunas reuniones, las comidas y las conversaciones entre amigos: ‘¿Ya conoces Australia?’, ‘¿Ya fuiste a ver las auroras boreales?’, ‘¿Ya conoces Brasil?’. Casi nadie pregunta si descansaste, si disfrutaste el viaje o qué aprendiste. Lo importante parece ser la lista de países tachados, y es que ya no basta con decir “fui a Europa”. Ahora hay una especie de escalinata social del turismo. Primero Nueva York, luego Singapur, después Japón, Islandia, Indonesia, la Antártida, un safari en África. Siempre existe un destino más exclusivo que el anterior. Y esto se está convirtiendo en una carrera sin meta. Hubo un tiempo en que las vacaciones eran una recompensa. Hoy, para muchas personas, se han convertido en un examen. Basta abrir Instagram o TikTok durante cualquier puente vacacional para sentirlo: playas, viñedos, montañas, aeropuertos, desayunos frente al mar, atardeceres perfectos y frases como “escapadita necesaria” o “la vida es para viajar”. Y entonces para muchos aparece una sensación incómoda: ¿soy el único que no salió? Pues hoy esa emoción tiene nombre: FOMO (Fear of Missing Out), el miedo a quedarse fuera de lo que otros están viviendo, y además de ello, quedar fuera de la conversación. Un fenómeno ampliamente estudiado por psicólogos y especialistas en comportamiento digital, que consiste en la ansiedad que se siente cuando se cree que los demás están disfrutando experiencias más valiosas que las nuestras.

Las plataformas digitales cambiaron por completo la forma en que experimentamos las vacaciones. Ya no solo viajamos; observamos cómo viajan los demás. Y esa comparación constante altera nuestra percepción de la realidad. El problema es que empiezan a dictar qué experiencias son consideradas valiosas. Y ahí aparece una nueva presión económica. Cada vez más personas destinan una parte importante de sus ingresos al turismo. Viajes financiados a meses sin intereses, tarjetas de crédito, préstamos personales y ahorros comprometidos para no quedarse atras. Pues las redes proyectan que siempre hay alguien en Europa, alguien en Japón, alguien en un viñedo, alguien en un concierto internacional. La comparación es infinita. Y profundamente injusta. Porque las redes muestran el viaje. No muestran la deuda.

Lamentablemente el “FOMO” nos hace creer que cualquier viaje que no realizamos representa una vida que estamos perdiendo. Y eso es falso. Nadie puede estar en todos los destinos. Además, hay algo que rara vez aparece en las redes: el valor de quedarse. Descansar en casa. Disfrutar a la familia. Tener un fin de semana sin itinerario. Conocer un lugar cercano, es más, conocer un destino nacional, ahora parece obligatorio salir del país, porque, si no, se minimiza el viaje.

Queridos lectores, tal vez hemos llegado al punto en que las vacaciones dejaron de ser un espacio para desconectarnos del mundo y se convirtieron en una forma de competir dentro de él. Y entonces el verdadero viaje ya no ocurre en el aeropuerto. Ocurre en la pantalla. Porque el mayor miedo de esta época no es, no viajar. Es que los demás crean que no estamos viviendo. Y quizá la verdadera libertad sea recuperar el derecho a disfrutar un viaje que no necesita ser publicado para haber valido la pena.

Premio Internacional de Periodismo Turístico 2022

Otorgado por la OMPT

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