Existe una justificada desconfianza —incluso temor— ante la próxima reforma electoral manejada por el gobierno morenista. De hecho, aún sin conocer el contenido, ya se habla de “Ley Maduro” o “Reforma Gómez”. Pero, ¿por qué existe escepticismo? Pues básicamente por las repetidas mentiras y argucias del lopezobradorismo que en los hechos han concentrado su poder, aun en contra del desarrollo democrático del país; el surgimiento de la reforma desde Palacio Nacional —y no como una demanda de la oposición—; así como declaraciones del propio presidente de la Comisión Presidencial para la Reforma Electoral, Pablo Gómez.
Revisemos brevemente algunas evidencias que explican la alerta sobre lo que puede venir en términos de control y manipulación electoral.
Asumiendo que todo es perfectible, no existe una exigencia opositora para modificar las normas electorales, incluso con Guadalupe Taddei como consejera presidenta del Instituto Nacional Electoral que, como se sabe, ha sido funcional al morenismo.
Conviene recordar, también, que Sheinbaum apoyó y consolidó las tretas del demagogo de Macuspana, a través de las reformas constitucionales, como la Reforma Judicial, donde se simuló una elección de jueces y magistrados para, a través de múltiples artificios —como el uso de los escandalosos “acordeones”—, tomar dicho poder.
Lo mismo se podría decir, por ejemplo, respecto a la desaparición de los siete organismos autónomos, pretextando los gastos de estos contrapesos que favorecen la democracia, y les estorbaban.
El designado por la Presidencia, Pablo Gómez —“una persona de primera” (sic), según Sheinbaum—, intentó explicar que el INE, como órgano administrativo, no debía ser autónomo, pero sí independiente en sus resoluciones. Esto encendió las alarmas.
Habrá que sumar la confesión de Reginaldo Sandoval, coordinador de Diputados del Partido del Trabajo: “Sí, nosotros estamos ahorita en el poder: tenemos el Poder Ejecutivo, tenemos el Poder Legislativo, ganamos por la vía de elección, el Poder Judicial, ¿habrá necesidad de una reforma?”. Así, cuestionó la necesidad de la reforma que encabeza el gobierno.
El oficialismo —que puede imponer cambios electorales— requiere del Verde y el PT —quienes defienden sus intereses, aunque ya han sido llamados a comerciar—, pues se necesitan 335 sufragios de 500 diputados y Morena cuenta con 253. Por ello, a pesar de las declaraciones de Reginaldo, la Secretaría de Gobernación ya acordó con el tan beneficiado Alberto Anaya, dirigente nacional del PT, quien calificó a Sheinbaum como “la mejor mandataria del mundo (sic)”.
De acuerdo con la experiencia, se teme que la nueva maniobra oficialista institucionalice la trampa —ocultada por demagogia y convertida en legalidad—, y consolide a su favor otra regresión en contra de un sistema electoral que se desea democrático. Por ello, muchos coinciden en que, ante el riesgo autoritario que se observa, es mejor quedarnos como estamos. No obstante, la reforma gubernamental es inminente, y, ¿la parcialidad? ¿La democracia?

